El castillo de Salvatierra

Litrografía del castillo de Salvatierra, de F. J. Parcerisa
Litrografía del castillo de Salvatierra, de F. J. Parcerisa

Texto de la obra “Recuerdos y bellezas de España. Castilla la Nueva -1853”, destinada a dar a conocer sus monumentos y antigüedades en láminas dibujadas del natural y litografiadas por F. J. Parcerisa y escrita y documentada por José María Quadrado.

Todo lo exterminó en 1195 la sangrienta derrota de Alarcos. En tanto que el maestre Nuño Pérez de Quiñones se retiraba con el rey Alfonso a Guadalerza, hospital recién fundado a la raya de los montes de Toledo, cayó el emir Aben Yucef con la muchedumbre de sus almohades sobre Calatrava, privada ya de los mejores caudillos; sus muros sucumbieron tras de obstinada defensa, teñidos en sangre de los sacerdotes y caballeros que la guardaban.

Sin embargo la orden no acabó sepultada entre los escombros de su casa solariega: los restos preservados de la matanza, rehaciéndose en Ciruelos y en otras fortalezas en la línea del Tajo, osaron dos años después pasar la frontera, conducidos por D. Martín Martínez, en quien el anciano maestro renunció luego su dignidad; y apoderándose del castillo de Salvatierra cinco leguas más adentro de Calatrava, establecieron allí su nueva residencia harto más peligrosa que la primera. Aún subsisten las ruinas de aquel castillo, cuyo expresivo nombre adoptó la institución mientras tuvo en él su estancia, durante doce años gloriosos por muchas y afortunadas incursiones en país de infieles, y por la terminación del cisma que en Alcañiz habían movido los caballeros aragoneses.

A corta distancia de la antigua Oreto, descuella un altísimo torreón cuadrado entre murallas casi niveladas con el suelo, dilatándose debajo de ellas multitud de bóvedas, por las cuales se descubre la grandeza y robustez del edificio, como por lo grueso de las raíces aparece, después de tronchado, lo colosal del árbol que sostenían. Aquello es Salvatierra, aquellos los restos de la gran fortaleza sita en encumbrados montes y en fragosa aspereza, que a las huestes sarracenas en torno de ella congregadas por el califa en el verano de 1211 pareció estar pendiente de las nubes, cuyas obras exteriores destruyeron cuarenta máquinas sin notable adelanto, cuya rendición tomó tan a pecho con todas sus fuerzas el emir como si de la conquista de un reino se tratara.

Reducidas por fin a polvo las murallas en tres meses de combate, muertos de sed o de las heridas casi todos sus defensores, rindióse por convenio Salvatierra en el mes de septiembre de orden del mismo Alfonso, que detenido en otras empresas no pudo acudir a libertarla: de los que allí sobrevivieron pónese en duda si fue respetado su heroísmo por el vencedor o si fueron reservados a cruda muerte o infame servidumbre. “Alcázar de salvación era aquel, y su pérdida pareció el eclipse de la gloria castellana; lloránronla los pueblos amargamente, dice D. Rodrigo;” pero la orden invulnerable, renaciendo como el fénix de entre las llamas, apareció instalada por encanto en el castillo de Zurita, excitando la gran cruzada que había de vengar la ruina de sus mansiones y la sangre de sus hijos.

En los postreros días de junio de 1212 sobre la derecha del Guadiana retemblaba la llanura con el sordo estrépito de treinta mil caballos y miles sin cuento de peones, de todos los reinos de España, de todas las regiones de la cristiandad congregados, que cual avenida bajaban de los montes de Toledo y a torrentes desembocaban por sus angosturas. Malagón, lugar crecido, sito entre las pintorescas quebradas de poniente y los inmensos azulados llanos de levante, fue la presa que se ofreció desde luego al ímpetu de los conquistadores; y sin valer a sus infieles habitantes el amparo del castillo, cuyas cuadradas torres por cima del caserío lindamente se agrupan con la del homenaje, todos a filo de España perecieron en venganza, sin saberlo acaso, de la derrota en 1100 allí sufrida por el yerno de Alfonso VI, el conde Enrique de Borgoña. Poco más allá divisáronse de la otra parte del río las torres de Calatrava, y a su vista hubieron de latir fuertemente los corazones de sus caballeros; guarnecíalas con setenta bravos muslimes Abul Hegiag ben Cadís, cuyo valor las habría defendido contra menos formidable ejército, y resistió sin embargo por algunos días, hasta que en 1.º de julio entregó sus llaves a los cruzados con honrosas condiciones. ¡Pobres muslimes de Calatrava! Respetados del vencedor y amparados por la lealtad castellana contra el sanguinario furor de los extranjeros, hallaron la muerte en el campamento de su califa; y presentados como cobardes y traidores por intrigas del visir Aben Gamea, cayeron alanceados bárbaramente, brotando de su sangre un germen de discordia entre los almohades y los moros andaluces cuya deserción en el decisivo combate dio a los cristianos la victoria (1).

(1) Las historias arábigas de que se valió Conde, detallando el trágico fin de Aben Cadis y sus compañeros, suponen que aconteció mientras se hallaban sobre Salvatierra los reales del califa, y añaden que la toma de este castillo por los sarracenos fue posterior a la de Calatrava por Alfonso, y que sitiado en el mes de safer de 608 (julio de 1211) no se rindió hasta terminar el propio año (últimos de mayo de 1212); tanto que una golondrina anidó sobre el pabellón del Miramamolín, y antes de acabar el cerco volaron sus hijuelos. Mal se aviene esto con la relación de nuestras crónicas que entre la pérdida de Salvatierra y el recobro de Calatrava hacen mediar un año por lo menos, y afirman que en la campaña de 1212 no atravesaron los moros la sierra, según el sitio de Salvatierra, que duró desde julio hasta septiembre, al año 1210 y no al siguiente, conforme ponen los Anales Toledanos, y en atribuir el mando de la expedición al hijo del emir Muhamad y no a este mismo en persona. El arzobispo D. Rodrigo elogia el valor de Aben Caliz y el ardid de que se valió sembrando abrojos de hierro por el vado de Guadiana para desconcertar la caballería, y desplegando multitud y variedad de banderas sobre las almenas de Calatrava como si las defendiera una guarnición numerosa; pero dice que el gobierno de la fortaleza estaba a cargo de un almohade.

Con el fuerte de Calatrava recobrándose a la vez los de Alarcos, Piedrabuena, Caracuel y Benavente; pero las huestes extranjeras, descontentas o veleidosas o no sufriendo el ardor del clima, abandonaron allí la campaña, y retrocedieron hacia Toledo sembrando la desolación en su camino. Los nuestros, en asombrosa muchedumbre todavía, siguieron al sur la marcha, saludaron las humeantes ruinas de Salvatierra, y dando vista allende los montes a país más fértil y dilatado, frente a frente de otro ejército tres veces más numerosos, rompieron y aniquilaron el soberbio dique, dejando para siempre segura y despejada la frontera. En aquella jornada inmortal que lavó con ríos de agarena sangre los agravios de cinco siglos, ondeó gloriosamente en el escuadrón del centro el blanco estandarte de Calatrava; y herido en el brazo su maestre Rui Díaz de Yanguas, en medio de las aclamaciones del triunfo renunció su dignidad a favor de Rui Garcés, para que con más vigor y esfuerzo acompañase al rey Alfonso a recoger nuevos lauros por la aterrada Andalucía. Calatrava, donde el duque de Austria Leopoldo halló ya de vuelta al ejército vencedor pesándole en el alma de no haber participado de su gloria (2), fue desde luego devuelta a los caballeros de la orden con sus dominios dos veces conquistados; gemían los ancianos al pisar de nuevo su mansión primera, buscaban al través de los escombros los objetos de su culto destruidos o profanados, besaban las manchas de sangre de sus infortunados compañeros, y con el nombre de Sta. María de los mártires sobre su tumba construyeron un santuario.

(2) Es imposible hablar de este encuentro del duque austriaco y de sus doscientos caballeros con su pariente Pedro II de Aragón, sin que recuerde, el que una vez los haya leído, los dos preciosos romances titulados Las Navas de Tolosa, de nuestro buen amigo y malogrado antecesor en la colaboración de la presente obra, D. Pablo Pirrefer, que tan perfectamente supo en ellos imitar no sólo el lenguaje, sino el sabor y espíritu de los romances caballerescos.

Pero la fortaleza no se restauró de quebrantos tan repetidos, perdiendo su importancia ocn la misma seguridad; y para la nueva construcción que se proyectó suntuosa e inexpugnable, buscóse un sitio más roquero y fronterizo, adonde en 1217 trasladó su residencia y los restos de sus predecesores el octavo maestre D. Martín Fernández de Quintana. Calatrava la vieja quedó desmantelada, arruinándose lentamente a vista de los que origen y nombre le debían, sin haber dejado más vestigios que la pobre ermita de los Mártires e informes cimientos de muros y torreones sobre la rasa desnuda orilla del naciente Guadiana.

Levantóse la nueva Calatrava, porque hasta el nombre sufrió traslación, en un cerro frontero y colateral al de Salvatierra, lugar también de gloriosos y venerados recuerdos para el instituto, mediando sólo entre las dos alturas el angosto camino tantas veces trillado por las más poderosas huestes cristianas y sarracenas. Allí resplandeció la orden en el apogeo de su gloria: nobles conquistas y opulentos dominios se le ofrecían allende Sierra Morena, y en círculo cada vez más ancho derramábanse por la bella Andalucía los religiosos caballeros, empujando rápidamente el límite de la frontera, tras de fortalezas sometiendo villas, tras de villas capitales.

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