Las ruinas del Sacro Convento de Calatrava la Nueva en el siglo XIX

Litrografía del Sacro Convento de Calatrava la Nueva, de F. J. Parcerisa
Litrografía del Sacro Convento de Calatrava la Nueva, de F. J. Parcerisa

Texto de la obra “Recuerdos y bellezas de España. Castilla la Nueva -1853”, destinada a dar a conocer sus monumentos y antigüedades en láminas dibujadas del natural y litografiadas por F. J. Parcerisa y escrita y documentada por José María Quadrado.

Por espacio de tres siglos, hasta fin del XVIII, permaneció como casa matriz, habitado por los clérigos del instituto y con amor y respeto conservado, el castillo-convento de Calatrava: ahora sólo ruinas descubre en su mole colosal al acercársele el viajero, sólo escombros y malezas pisa al trepar la fatigosa altura donde antes se enroscaba suave cuesta. ¿Quién atrevido profanó el santuario de la religión y de la caballería? ¿Qué ingrata y cobarde mano desmoronó los fuertes muros a cuya sombra crecieron tantos héroes y maduraron tantas conquistas? ¡Silencio! ¡silencio! no le digáis a esa generación vandálica, indiferente con los recuerdos, hostil a los monumentos, no le digáis que fueron los moradores mismos de aquella casa sus parricidas destructores, que fastidiados de la soledad trasladaron a la vecina Almagro su residencia, desmantelando antes, para hacer imposible el regreso, su morada primitiva; no sea que excuse con tan pésimo ejemplo las recientes devastaciones, y os haga ver que en sus desdenes y violencias contra lo pasado no ha sido siempre la primera ni la más culpable. Ventanas y puertas fueron arrancadas, hundidos los lechos, destruidas las habitaciones; todo lo privado, todo lo doméstico por decirlo así, todo lo perteneciente a la vida común, pereció como la efímera memoria de los últimos freires: la armazón empero, el esqueleto del edificio sobrevive, en cierta manera, petrificado, grandioso e inmortal como el recuerdo de la caballeresca institución.

Asombro y casi pavor infunden, aun ahora indefensos y abandonados, los muros a enorme altura suspendidos sobre la angosta senda, incrustados en la tajada roca y con ella por un mismo color y dureza confundidos. En el descarnado pedernal de la triple cerca, al pie de sus numerosas y diversas torres para rudos combates fabricadas, allí ve estrellarse la fantasía golpes de máquina furibundos, altas llamas de pez nutridas, guerreros con agilidad de gamos y esfuerzo de leones: diríase que la fortaleza se hizo a prueba de fendientes hercúleos y asaltos de gigantes; bien que ya los sarracenos huían arrollados muy lejos de su comarca , y no la alcanzaron otras guerras que los cismas de los maestres que se disputaban con el acero su posesión cual título de legitimidad. Atravesada la puerta de Hierro y la sombría bóveda que sigue, a la robustez belicosa reemplaza la devastación más completa: torreones aislados, paredones vestidos de musgo, blanqueados restos de fábricas más recientes, todo envuelto en una común ruina y en un laberinto confuso, que no permite adivinar sin prolijo examen el plan y distribución del vasto edificio. Aquí estuvo la sala de armas, allí la del cabildo de la orden cuyas elecciones para el maestrazgo eran inválidas fuera de aquellos muros; allá se veía el claustro, más adelante el cementerio cubierto de ilustres lápidas, que oprimen ahora los escombros, o ruedan a bien distintos usos aplicadas por los pueblos circunvecinos (1).

(1) Algunas de ellas vimos en la Calzada de Calatrava bien conservadas por fortuna en el patio de la casa de Maldonado; las más pertenecen al siglo XVI. En una se notan las palas de horno o padiellas que formaban el blason de los Padillas; en otra el nombre de D. Beltrán de la Cueva, comendador mayor de Calatrava, con otros muchos títulos, deudo sin duda o descendiente del célebre favotio de Enrique IV; en otra de frey Enrique… fallecido a 23 de marzo de 1524, se lee la oración siguiente:

“nom me permittas, Domine; in te speravi; tempus est ut clamem, et des terra meum, quia tu es Deus meus et Dominus meus”

 En las restantes léense los nombres de los caballeros Gonzalo Fernández de Córdoba, muerto en 1545, Juan Cuello en 1547, Bernardo… en 1626, Dionisio Osorio en 1641. A la Calzada de Calatrava, pueblo el más cercano del antiguo convento y crecido bajo su protección, hace memorable un tremendo episodio de las últimas guerras civiles; y es el incendio de su torre principal en 26 de febrero de 1838 por las tropas carlistas de D. Basilio García, pereciendo entre llamas y los escombros 163 personas.

¡Ah! si la profanación de los sepulcros pudiera despertar a los antiguos caballeros, creerían sin duda que el musulmán está ya dentro de las murallas y que la media luna tremola sobre la torre del homenaje: jamás, al tender la vista desde su vigilante atalaya por la inmensa llanura que a su amparo florecía, jamás pensaron que en plena paz abandonasen a Calatrava sus propios hijos, que piedra a piedra la desmoronasen sus vasallos.

Portada del libro "Recuerdos y bellezas de España".
Portada del libro “Recuerdos y bellezas de España”.

Solo conserva su forma la iglesia en el centro del castillo, también fabricada del mismo pedernal, armada también y dispuesta para la lucha, cual a iglesia de religión militar convenía. Cuatro cubos flanquean la adusta fachada sin otro remate que destruidas almenas; en los entrepaños laterales no campean sino dos ventanas prolongadas, por fuera desnudas, por dentro tachonadas de florones; ocupa el del centro un portal, cuyos arcos en degradación, vestido el exterior de arquitos recortados, recuerdan con su naciente ojiva, lo mismo que las ventanas y el templo todo, la tímida sustitución del arte gótico al bizantino. Sobre el portal ábrese una claraboya colosal, desmesurada, que sin guardar proporción con el conjunto, le comunica no obstante singular grandeza, semejante a las enormes fauces de un dragón, cuyos dientes figuran los rolos arabescos de su circunferencia que un tiempo la bordaban.

En las columnas arrimadas a los gruesos pilares, en los ábsides o capillas que cierran las tres naves decorando su semicírculo con arquitos, columnitas y angostas ventanas, revélase el gusto bizantino todavía dominante a principios del siglo XIII; pero no falló más tarde quien pintorreara indignamente gran parte del interior, haciendo preceder la degradación a la ruina. De las capillas laterales, abiertas a cuatro por banda y embellecidas por los maestres y comendadores que para su entierro las escogían (2), sólo dos de la izquierda ostentan en su portada la gótica ya decadente pompa, dorada la una y cubierta por dentro de prolijas inscripciones en elogio de Carlos V.

(2) Tenían capilla propia con suntuoso sepulcro en ella los maestres D. Gonzalo Núñez de Guzmán y D. Pedro Girón, y los comendadores mayores D. Diego García de Castrillo, D. Gutiérrez de Padilla y D. García de Padilla, el cual comprando a D. Francisco de Rojas la capilla que llamaron dorada, como tan privado del Emperador, puso en elogio de este aquellas inscripciones. Notables eran también los sepulcros y epitafios del conde Rodrigo Fernández, fenecido en 1246, y del infante de León D. Alfonso, hermano menor de S. Fernando y señor de Molina, muerto en 1272; aquel bajo un arco a la entrada y este en la capilla mayor, ambos trascritos por el diligente Rades. Había en el cementerio otra pequeña capilla bajo la advocación de Santa María de los Mártires como la de Calatrava la Vieja, donde yacían los huesos de los primeros maestres trasladados desde esta, y un humilladero de piedra bajo el cual estaba sepultado frey Alonso de Silva, clavero de la orden en tiempo de los Reyes Católicos.

Retablos y altares han desaparecido, la iglesia yace desde medio siglo convertida en salvaje gruta; y sin embargo ante aquel contraste de poder y abatimiento, de vigor y debilidad, ¿quién no dobla la rodilla para adorar al Dios de las batallas, el único fuerte, el único inmutable? Guarida de aves nocturnas y de rapiña la que antes fuiste nido de águilas conquistadoras, o Calatrava, el cielo no te depare, si has de vivir todavía algunos años, otros enemigos que el azote de las lluvias y la furia de los vientos, ni otra compañía que los vagos apacibles rumores de la soledad y las invisibles sombras de los finados.

Fuente: Recuerdos y bellezas de España, J. M. Quadrado.

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