El prior de la Calzada de Calatrava

El Motín, semanario satírico y anticlerical.
El Motín, semanario satírico y anticlerical.

El artículo, que fue publicado en varias ocasiones por “El Motín” –semanario satírico y anticlerical caracterizado por su continuo ataque a la religión católica-, rezuma odio hacia todo lo católico aprovechando el incendio de los carlistas de la iglesia de Calzada de Calatrava, comparable a lo que actualmente se está haciendo usando como argumento los casos de pederastia en la Iglesia Católica. Dicho semanario fue fundado y dirigido por el masón y anticlerical José Nakens Pérez, implicado en el encubrimiento del terrorista Mateo Morral cuando arrojó en mayo de 1909 una bomba contra el rey Alfonso XIII y su esposa.

Si al levantarse en armas la primera partida carlista los liberales hubieran demolido hasta los cimientos todos los conventos, incluso los de mojas, cuidando poner a buen recaudo a sus moradores, y en vez de buscar a los carlistas en la montaña los hubieran cazado en las sacristías y en los ricos salones de los palacios episcopales; si en lugar de humillarse ante Roma y hacer política de atracción para el clero, los gobiernos hubieran procedido con más dignidad y energía, siguiendo una política completamente opuesta a la que han venido siguiendo desde la muerte de Fernando VII, a buen seguro que a estas fechas sería España nación rica e ilustrada, y a buen seguro también que, cortado el mal en su raíz, esos crímenes que hielan la sangre, que espantan y que indignan al propio tiempo, esos crímenes de que está llena la historia del carlismo, no se hubieran perpetrado.

Nadie, nadie puede negar que nuestras guerras civiles fueron alentadas y sostenidas exclusivamente por el clero; y con la historia en la mano estamos dispuestos a demostrar, sin que nadie nos desmienta, con hechos, que los crímenes más horribles cometidos en esas guerras tuvieron por instigadores, cuando no por autores materiales, a individuos del clero, como ocurrió en la sangrienta hecatombe de La Calzada de Calatrava. De esta población, defendida valientemente de los carlistas por un puñado de héroes y mártires, era prior D. Valeriano López de Torrubia, gran Cruz de Calatrava y doctor en teología, de quien no hay que decir era carlista, por más que no lo aparentará, como hace la mayoría de su clase.

Mil contra uno, sobre seguro, a mansalva, a traición, los carlistas han sido siempre, y ahora también, muy valientes; por eso, a las invitaciones de los ojalateros de La Calzada, para que fueran allí, habían contestado haciéndose los desentendidos, ya que los liberales de la población no estaban decididos a dejarles entrar impunemente.

Entonces, para obligar a los carlistas, para encender más y más el fanatismo de aquellas hordas salvajes y despertar su sed de sangre representaron el prior Valeriano López y otro cura, una comedia indigna que terminó en sangriento drama. Mientras los liberales vigilaban desde la torre de la iglesia para no ser sorprendidos por los carlistas, el prior y su compañero hicieron desaparecer las hostias del sagrario, arrojándolas en un sitio llamado la carbonera, hecho lo cual dijeron que las sagradas formas habían desaparecido e hicieron que las sospechas del sacrilegio recayeran en los liberales.

Los hostias fueron encontradas, y se abrió un proceso que desapareció al mismo tiempo que el compañero del prior se iba a la facción.

“Aquel crimen tan horrendo, aquel atentado contra la religión, aquel insulto contra Jesús sacramentado” vociferaba D. Valeriano en las reuniones secretas que por la noche celebraban los carlistas de La Calzada en casa de cierta viuda –no podía quedar impune; debía vengarse y vengarse pronto.

Se convino así por todos, y resultado de aquellas reuniones secretas fue enviar un emisario que con el mayor sigilo salió del pueblo en busca del cabecilla D. Basilio, el cual cabecilla era feroz, cruel y sanguinario, como buen carlista. Enterado éste del sacrilegio cometido por los liberales, no se atrevió, sin embargo, a atacarles de frente, y puesto de acuerdo con el prior Valeriano López y con otros carlistas de La Calzada, convinóse un plan ruin e hipócrita para sacrificar a los liberales.

Mediante promesas falaces y mentiras indignas; apelando a los buenos sentimientos de los liberales; apelando a los buenos sentimientos de los liberales, a quienes D. Basilio por medio del prior Valeriano hace creer que sus soldados están rendidos de cansancio y que sólo quieren reposo; prometiendo de una manera solemne que a nadie se ofendería, consiguen los carlistas entrar en la población, mientras los liberales, sus familias y otros vecinos se refugian en la iglesia por un resto de confianza.

Dueños del pueblo y después de haber descansado, procuran por medio de halagos y promesas hacer que los liberales dejen las armas y salgan de la iglesia, y no pudiendo conseguir engañarles, deciden el ataque. Empezado éste, los defensores de la religión destrozan a cañonazos las puertas de la iglesia, se aproximan para entrar, pero retroceden al advertir que los liberales han horadado la bóveda del edificio y pueden hacer disparos muy certeros…

Se suspende el ataque, se celebra un conciliábulo, y el prior Valeriano se presenta en el templo como mediador; y mientras él pronuncia un discurso para distraer la atención de los liberales, los carlistas, ejecutando el plan convenido, llenan la iglesia de leña y de cargas de guindillas, hecho lo cual se retira el prior y se prende fuego a los combustibles.

Una densa humareda llenó por completo el templo a los pocos momentos, y cuando más ensordecedores son los gritos de angustia y de dolor que lanzan las pobres víctimas, el sacerdote D. Valeriano, haciendo burla y escarnio de todo sentimiento honrado, exclama lleno de satisfacción: “¡Qué bien templado está el órgano!”.

El fuego del templo se comunica a las bóvedas; los que no se resignan a morir tostados o por asfixia intentan huir por los tejados y son muertos a tiros; un miliciano se arroja desde una altura considerable; en la caída se rompe una pierna, y haciendo esfuerzos sobrehumanos, arrastrándose como puede, intenta escapar aprovechando un descuido. –“A este conejo que escapa, cazarle”- dice el prior. Y el miliciano es muerto a tiros.

Pasando entre la humareda, abrasándose los pies, medio asfixiadas, consiguen las mujeres de los liberales llegar hasta la puerta del templo. Muchas de ellas llevan en brazos a sus hijos; los carlistas con sus bayonetas impiden que nadie salga y procuran prolongar la agonía de aquellas desgraciadas; y cuando ven que la bóveda del templo va a derrumbarse, a bayonetazos primero y a descargas cerradas después, obligan a aquellos seres inocentes a entrar en el templo. Derrúmbase con estrépito la bóveda, y entre los escombros y las llamas quedan sepultados CIENTO SETENTA CADÁVERES, DE MUJERES Y NIÑOS LA MAYOR PARTE.

Ni una palabra de condenación tuvo la Iglesia para estos crímenes, y mientras la sangre corría a torrentes en España y se hacía interminable el catálogo de asesinatos, robos, incendios y violaciones perpetrados por los carlistas a nombre de la religión, en la guía oficial de Roma se reconocía por rey de España al imbécil hermano de Fernando, y el Papa publicaba alocuciones contra los gobiernos liberales a quienes acusaba de usurpadores y de atentadores a los fueros de la religión y de la Iglesia.

“Enterado Narváez –dice un historiador- de los horribles sucesos de La Calzada, fue allí, saliendo a recibirle el clero guiado por el tristemente célebre prior, quien, llevando la voz, dijo: “Excmo. señor: amantes del trono de la reina constitucional, felicitamos a V. E., y le pedimos que deseando defenderla nos dé armas, y a todo el pueblo, para batir a los enemigos.”

Indignado Narváez de tanto cinismo, hipocresía y perversidad, no pudo contener su enojo, hizo prender al prior, y, probados sus crímenes, fue condenado a morir de pie de las ruinas que había causado.”

¡Que no hiciera así con todos los causantes de la guerra!

PERIS MORA

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