El prior de Calatrava (VI): Los carlistas se adueñan del templo y lo queman

Como quedó la Iglesia de Nuestra Señora del Valle.
Cómo quedó la Iglesia de Nuestra Señora del Valle como consecuencia del incendio de los carlistas.

Esto era todo lo que apetecían; habían llegado al término de sus esperanzas, y ya solo pensaban coronar su obra de barbarie, digna de eterna execración. Una vez dueños del templo, y sin consideración al sitio en que se hallaban, a pesar de que siempre quisieron recomendarse como los únicos defensores de la religión, encendieron una grande hoguera, hacinando toda la leña que podían y quemando en ella cueros, esteras, resina, aceite, guindillas, pimientos, en una palabra, todas aquellas materias cuyos gases pudieran asfixiar a los que estaban en la bóveda.

Esto es infame, y la pluma se resiste realmente a describirlo, no encontrando, como dijo muy bien el escritor a que antes me he referido, tinta bastante negra en que empaparse. ¿Puede llevarse más adelante la crueldad? Pero ¿quién no sabe de lo que son capaces los que nunca desistieron ni se avergonzaron de defender las iniquidades de la inquisición, que trataban de restablecer? ¿Quién ignóralos rasgos de inaudita crueldad con que galardonaron el estandarte de su fe política y religiosa los asesinos del Empecinado?

Así, los facciosos, por no desmentir sus hábitos sanguinarios y sus intentos feroces en la Calzada de Calatrava, apuraron todos los recursos de que pudieran echar mano los discípulos de Torquemada para inmolar a sus enemigos martirizándolos. No satisfechos ya con el fuego de fusil, apelan a la hoguera, donde como llevo dicho arrojan sustancias de las cuales pudieran desprenderse gases mortíferos, y los héroes sitiados, los nacionales y soldados, fieles a su juramento de defender hasta el último trance la bandera de los libres, siguen peleando cada vez con más ardor y entusiasmo. Los rebeldes, desesperados de ver tan heroica resistencia, se ponen frenéticos, multiplican sus esfuerzos, extienden el fuego de la hoguera en todas direcciones, queman el magnífico retablo, logran que las llamas se apoderen del coro y de la torre, y entonces, los que con tanto valor habían defendido su punto, se ven precisados a ceder a las súplicas de sus esposas y sus hijos, todos, lo mismo que ellos, expuestos a sufrir la muerte entre los más acerbos dolores.

Fuente: Desenlace de la Guerra Civil, de Juan Martínez Villergas.

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