Pío Baroja y la Iglesia de Ntra. Sra. del Valle

La novela de Pío Baroja, estrella del capitán Chimista, completa la historia narrada en Los pilotos de altura: los marinos protagonistas, después de muchos años entregados al comercio de esclavos, viajan por todo el mundo en viejos barcos de vela. La novela cuenta esos viajes, con la descripción de exóticos países y de extrañas costumbres, que sin duda sorprenderán al lector.

El calzadeño que lea esta novela, comprobará que hay una historia que se desarrolla en Calzada de Calatrava, durante la primera guerra carlista, en la que por boca de un magistrado, don Juan López Quijana, narra lo ocurrido el 25 de febrero de 1838: el incendio de la Iglesia de Ntra. Sra. Del Valle. Dice así:

“… Calzada de Calatrava es un pueblo bastante lucido que perteneció al campo de esta Orden militar, y tiene dos viejos castillos. En tiempos de la guerra civil, la mayoría de los vecinos eran carlistas; pero como estaban rodeados por liberales, no se atrevían a resollar. Yo era secretario del Juzgado; mal vivía, pero no me decidía a marcharme ni a hacer nada. Mientras durase la guerra no se podía intentar cosa alguna.

Teníamos en el Juzgado continuos líos entre carlistas y liberales; se acusaban unos a otros; aparecían pasquines contra María Cristina y contra los masones, y se denunciaba que había reuniones facciosas en casa de don Fulano o de doña Zutana.

Novela de Pío Baroja
Novela que narra lo ocurrido en Calzada en la primera Guerra Carlista, el incendio de la Iglesia de Ntra. Sra. del Valle.

Los liberales del pueblo eran gentes poco señaladas, muchos menestrales y pequeños comerciantes; en cambio, entre los carlistas había personas de influencia y de riqueza. Les capitaneaba a éstos el cura párroco y prior de la Orden militar de Calatrava, don Valeriano López de Torrubia. Había también una señora, viuda, rica, doña Juana Carvajal, que tenía una tertulia carlista y en ella se conspiraba continuamente contra el Gobierno cristino y a favor de don Carlos.

Como les digo a ustedes, a los del Juzgado nos tenían fritos. No se podía hacer nada, y lo mejor era fingir que se hacía algo y no abordar ninguna de aquellas causas en serio. Yo estaba en relaciones con una muchacha del pueblo, sobrina de don Valeriano, el prior, llamada Rosita, también muy carlista, que iba con asiduidad a la tertulia de doña Juana. Yo bromeaba sobre nuestras diferencias políticas; pero ella no bromeaba y me decía, en serio, que no se casaría con un hombre de ideas liberales, porque esto era lo mismo que ser hereje y tener pacto con el demonio.

Un día de invierno, el sacristán de la parroquia me denunció que, al entrar en la iglesia, se encontró abierta la puerta del sagrario y desparramadas las hostias por la mesa del altar. El cáliz había desaparecido. Se alarmó el pueblo al saber este sacrilegio, se reunió el clero en la iglesia y se halló el copón en un sitio llamado la Carbonera, especie de nicho que existía debajo de la torre.

Se culpó a los soldados francos y nacionales que estaban de centinela en aquel sitio, y el cura párroco, don Valeriano López de Torrubia, prior de la Orden militar de Calatrava, acusó de sacrilegio a los liberales y los tildó de herejes, y dispuso que se desocupara el templo profanado. Todo el elemento carlista puso el grito en el cielo.

Plano de la zona donde estaba la Iglesia de Nuestra Señora del Valle (1884).
Plano de la zona donde estaba la Iglesia de Nuestra Señora del Valle (1884).

El juez y yo comenzamos la sumaria, se interrogó a los nacionales y no se pudo averiguar nada. Los carlistas nos echaban la culpa de la falta de éxito. Estábamos, según ellos, vendidos a los liberales. En tanto, en casa de doña Juana Carvajal se seguía haciendo una campaña intensa en contra de los cristinos, por la cuestión del sacrilegio.

Se quería complicar a todo el elemento liberal de la ciudad. En vista de esta campaña yo empecé a sospechar si el atentado sacrílego partiría de los mismos carlistas.

Por las conversaciones que tuve con mi novia, comprendí que en la cuestión del supuesto sacrilegio de la iglesia andaba mezclado un curita llamado Torres, uno de esos curas jóvenes, muy pinchos y muy audaces.

Sin decir, naturalmente, de dónde venía el soplo, le hablé al juez para que se siguieran los pasos de Torres; indagamos por aquí y por allá y, cuando se reunieron muchos indicios, se le llamó a declarar, y en vista de sus contradicciones se decretó un auto de prisión; pero, amigo, se presentó en el juzgado el prior don Valeriano, comenzó a dar gritos y a perorar exaltado y le acoquinó al juez y no se hizo nada.

Mi novia se incomodó con la orden de prisión y me dijo que, tanto el juez como yo, éramos enemigos de la gente honrada y amigos de los herejes y de los revolucionarios. Torres ,el cura sospechoso, se escapó del pueblo y fue a reunirse con el general carlista don Basilio, que venía del Norte al Sur, al frente de una expedición. El proceso desapareció del Juzgado.

Poco tiempo después se presentaron los carlistas delante del pueblo y la guarnición se replegó en el fuerte, sin hostilizarles. La guarnición la formaban nacionales de varios pueblos del campo de Calatrava y algunos pocos soldados de la columna del general Minuisir, un italiano o croata con quien hablé más de una vez, que luego fue uno de los jueces del proceso de don Diego León. Mediaron gestiones entre liberales y carlistas, y quedaron conformes en que los carlistas entraran y se apoderaran del pueblo; los liberales quedaron en la iglesia y en el fuerte y no se hostilizaron unos a otros.

Aquella noche hubo idas y venidas entre liberales y carlistas, se discutió de don Carlos y de Cristina, se convidaron a beber y pareció que todo marchaba bien y que no iba a ver efusión de sangre.

En esto se presenta el cabecilla Orejita, hijo de la Calzada, va a ver al prior don Valeriano, y entre los dos deciden que es una vergüenza el dejar a los cristinos tranquilos en la iglesia y en el fuerte, que tienen que rendirse a discreción o que hay que atacarlos. Van a ver el cabecilla y el cura a don Basilio, y éste les dice que tienen razón. Manda un emisario a los liberales y les da un plazo de doce horas: o se rinden o los ataca. Los liberales se fortifican en la iglesia y contestan que no se rinden. Con ellos estaban una porción de mujeres y de chicos. En esto se presenta el prior don Valeriano delante de la iglesia, y echa un discurso a los sitiados y a los sitiadores; a aquellos, para que se rindan a discreción, y a éstos, para que perdonen a sus enemigos.

No nos rendimos. No queremos perdón, gritan los liberales.

Entonces comienza el fuego. Los cañones de don Basilio derriban las puertas de la iglesia y los soldados carlistas entran en ella, seguidos de los absolutistas del pueblo, y hacen un enorme montón de haces de leña, sarmientos, ramas y maderas de altares y retablos, lo encienden y cierran de nuevo las puertas.

A poco, por las ventanas de la iglesia, comenzó a salir un humo terrible y una explosión de gritos y de lamentos de mujer y de niño.

– !Qué bien templado está el órgano!, –se afirma que dijo el prior don Valeriano, con sarcasmo.

Los liberales comenzaron a tocar la campana, a pedir socorro desesperadamente y a decir que se rendían.

Los carlistas, a todo el que aparecía por las ventanas y los tejados, le acribillaban a tiros. Un nacional pudo descolgarse y echar a correr, y el prior, don Valeriano, señalándole, gritó:

-!A ese conejo que se escapa, cazarle!

Y lo mataron inmediatamente.

No quiero recordar más detalles; básteles saber a ustedes que, al último, la bóveda de la iglesia cayó, y que perecieron en montón ciento sesenta personas, la mayoría mujeres y niños. Mi novia, Rosa, no se atrevía a defender la conducta de los carlistas en el pueblo. Yo decía muchas veces:

Lo mejor será marcharse de aquí.

Ella no contestaba.

Poco después los carlistas de don Basilio salieron de la Calzada y fueron a Argamasilla de Calatrava, a Almodóvar y a Puertollano, en donde ocurrió un hecho parecido al de la Calzada. A la salida de las tropas de don Basilio el pueblo siguió dominado por los carlistas. El prior, don Valeriano, mandó emisarios a Madrid, escribió cartas a los amigos y debió sacar la convicción de que no había peligro para él, en permanecer en la villa; de que no le pasaba nada. En esto, sin anuncio previo, aparece en el pueblo el general Narváez, que estaba dando mucho que hablar en La Mancha, por la campaña terrible y dura contra los carlistas. Nos presentamos delante del Ayuntamiento todos los que teníamos algún cargo, y en medio, entre varios curas, aparece el prior don Valeriano, con un aire de seguridad y de audacia, sonriente y tranquilo.

Narváez avanza a caballo, con aire fosco y fiero, hacia nosotros. Entonces el prior se le acerca, rodeado de los demás curas, se inclina para saludarle y le dice, con voz segura y entonada:

Excelentísimo señor: Amantes nosotros, del trono de ls Reina constitucional, felicitamos a su excelencia por sus triunfos contra los enemigos del orden y le pedimos que, para defender a las instituciones, nos dé armas para batir a los facciosos.

Nunca lo hubiera dicho.

Narváez, vibrando de cólera, con una voz de trueno, grita:

Señor prior: no me bajo del caballo para pedirle que su mano me bendiga, porque no sé si es digna de bendecir o si está manchada con sangre de víctimas inocentes. Si son ciertas las noticias que de usía me han dado, va a ser fusilado inmediatamente.

Señor, la calumnia…

-!Silencio! Capitán, prenda usted al señor prior.

Pero ¿Cuál es mi crimen?

Inmediatamente preso. No le consiento decir una palabra.

Don Valeriano se quedó lívido. Un capitán y ocho soldados le sacaron del grupo de los curas y le condujeron a la cárcel. Entonces Narváez bajó del caballo y entró en el Ayuntamiento. Me llamó y me dijo:

-¿Qué sabe usted del asunto del prior?

Le conté con detalles lo ocurrido, sin ocultarle nada.

Está bien. Que se empiece la causa en seguida, y se llame a declarar a todo el mundo. Le expliqué cómo en otros casos había parado la acción de la justicia las influencias, las recomendaciones.

Para mi no hay recomendaciones. Ese tío va a ser fusilado en menos que canta un gallo,e n menos tiempo que se persigna un cura loco. Usted lo verá.

La impresión que produjo en el pueblo el saber que el prior estaba en la cárcel fue terrible. El prior, desde la cárcel, movió todas sus amistades e influencias de la villa y de los contornos; pero Narváez no cejaba y llevaba la causa para adelante, quitando obstáculos y dilaciones legales. Nadie se atrevía a entorpecer la marcha del proceso.

A los pocos días le pusieron en capilla a don Valeriano. Las mismas viudas de los nacionales muertos en la iglesia, pidieron el indulto al general. Claro que lo hicieron por miedo. Narváez las despachó de mala manera, y a las veinticuatro horas llevaron a don Valeriano delante de la iglesia y allí lo fusilaron. Por cierto que el prior no estuvo nada valiente….”

Esta historia también la cuenta Galdós en sus Episodios Nacionales –al final del capítulo XVIII de su Episodio Nacional Narváez.

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