El maestro de novicios del Sacro Convento de Calatrava la Nueva

Entrada a la Iglesia del Sacro Convento. Foto de Pater Albrit (@padrealbrit en twitter).
Entrada a la Iglesia del Sacro Convento de Calatrava la Nueva. Foto de Pater Albrit (@padrealbrit en twitter).

El maestro de novicios educa a los aspirantes en la vida religiosa ayudándolos a discernir si han sido llamados por el Señor para responder a esa llamada. Tener este cargo es un verdadero compromiso por lo importante que es la formación de los religiosos para vivir la vida religiosa en comunidad siguiendo el ejemplo de Jesús y los apóstoles.

En el Sacro Convento era elegido en Capítulo por el Prelado de entre uno de los religiosos más ancianos para introducir a los más jóvenes en la oración y la vida de perfección propia de la Orden de Calatrava. Por la tarde, hora y media antes de vísperas, mandaba dar tres toques con la campana mayor (en el convento lo denominaban “hacer provisión” o “tocar a provisión”, término corrupto que significaba hacer probación o aprobación) para anunciar el inicio de las clases, salvo cuando eran inmediatamente después de vísperas o completas donde el maestro avisaba de ello a los religiosos para que se quedaran en el coro a ensayar. El lugar donde se impartían las lecciones era en el trascoro de la Iglesia, al que se accedía por la puerta por la que el Prelado entraba al coro, y los tres novicios más nuevos llevaban un breviario grande para las lecciones, un antifonario para ensayar el invitatorio Venite exultemus Domino y las antífonas y un misal que usaban para cantar la misa del día siguiente, respectivamente, y que eran puestos en un poyo que en ese lugar había. Los alumnos esperaban al maestro distribuidos en dos coros de acuerdo a su antigüedad y cuando éste llegaba todos se quitaban los bonetes para hacerle reverencia situándose en medio, momento en el cual daba la orden de que se volvieran a cubrir.

El primer día que el maestro impartía sus clases informaba de ello a sus alumnos y le deseaba que su elección por el Prelado fuese un acierto, ofreciéndose a ser dulce y agradable con los buenos y duros con los malos. Lo primero que hacía era ordenar a los cuatro religiosos con menos experiencia a que leyeran o cantaran las cuatro lecciones del día siguiente, enmendándoles los acentos y errores. Hablaba en tercera persona y si nombraba a alguien que tuviese el bonete puesto debía de quitarse el bonete hasta que recibía la orden de que se lo pusiera nuevamente. Acabada las lecciones leían las cuatro lecciones del segundo nocturno y la homilía, que era la primera lección del tercer nocturno. Durante el canto se hincaban de rodillas, salvo si eran evangelisteros o tenían licencia del maestro para no hacerlo.

Cada  verso del salmo Venite exultemous Domino era cantado de dos en dos en la forma que expresaba el ceremonial del licenciado Arroyo, volviendo a repetir el invitatorio (si al que le tocaba cantar había entrado en la Orden hacía poco tiempo, el maestro podía nombrar a otro cualquiera en su sustitución). Después mandaba el maestro entonar el introito de la misa y las antífonas de laudes,  si eran difíciles. En cuaresma se cantaban o rezaban los tractos que había después de la epístola y el maestro estaba muy pendiente en la entonación de los más nuevos, sobre todo cuando cantaban el Benedicamus Domino.

Si al día o días siguientes había una ceremonia particular o especial -en el coro de la Iglesia, en Capítulo o en el refectorio- lo advertía a sus discípulos y los reprendían de los errores que habían tenido antes de venir a la clase, pudiéndolos castigar a su albedrío, salvo con penitencia grava y leve ya que, en este caso, daba cuenta al Prelado para que fuera éste quien la impusiera.

Terminada las lecciones se quitaban los bonetes y si los novicios se encontraban a su maestro en el claustro le hacían venia, sin arrimarse a la pared como hacían con el Prelado o el Suprior. En relación con la entrada a la sala capitular y al parlatorio había que tener en cuenta las siguientes consideraciones:

  • Los novicios no podían entrar a la sala capitular o el parlatorio si estaba allí el maestro de novicios, sólo o con otros.
  • Cuando el Prelado entraba en el parlatorio los evangelisteros lo abandonaban; no así si era el Suprior quien lo hacía y éste mandaba que se cubrieran.
  • Si había evangelisteros cuando accedía el maestro de novicios al parlatorio aquellos se iban salvo que éste les dijera lo contrario o estuviera también el Suprior.

El maestro de novicios tenía su puesto de la Iglesia en el coro de San Benito. Cuando un novicio consideraba que había sido excesivo el castigo impuesto por el maestro de novicios recurría al Prelado o el Presidente del convento y si consideraban que tenía razón la pena era quitada.

Cuando el que cantaba en el coro no marcaba bien el ritmo era castigado por el que presidía y no por el maestro de novicios, que sí podía hacerlo cuando salían del coro. Los novicios, por modestia, debían abstenerse de entrar al calefactorio y el maestro no debía acceder a la sala capitular si allí había novicios. También era costumbre que el maestro de novicios, en las noches de verano, entrara al corredor.

Salvo los domingos y fiestas de guardar, por las mañanas los religiosos que no tenían cuatro años de hábito iban al aposento del maestro a hacer una exposición de lo que habían aprendido y cuando iban a dormir, una vez cerrada la puerta del dormitorio, el maestro podía pasarse por el mismo para cuidar que los novicios no salieran de sus aposentos ni quebrantasen el silencio, función que no podía hacer ningún otro anciano.

El despensero, el pitancero (quien se encargaba de cobrar las rentas y hacienda) y el mayordomo (que administraba los frutos y ganados), si eran novicios, estaban también bajo la jurisdicción del maestro de novicios, aunque no podía entrometerse en sus trabajos. El despensero estaba exento de ir al coro (salvo a misa mayor, a vísperas y a las salves y, en los domingos y fiestas de guardar, a maitines) e iba siempre a la sala capitular siempre que había capítulo. El mayordomo, si estaba viviendo en el convento, no estaba exento de nada. El pitancero iba siempre a misa mayor, a capítulo cuando lo había y a maitines en los días de primera clase, a los cuatro oficios de difuntos anuales y al aniversario general de la Orden de Calatrava, celebrada el dos de noviembre. Nadie estaba exento de acudir al coro, aunque fuese el pitancero.

Otra de las funciones del maestro de novicios era preocuparse porque los novicios fueran limpios y decentes, sin permitir que se tuviera más privilegios por ser de un determinado lugar o familiar de un personaje importante, no pudiendo volver a castigar una falta que ya había sido ejecutada por el Prelado o Suprior pero sí por haberla cometido en presencia del Prelado y éste no había considerado oportuno castigarla.

Se reunían, de la forma que ya he comentado, en el coro los novicios que no tenían cuatro años de hábito, salvo los días de fiesta y el maestro se interesaba por la puntualidad de sus alumnos para ayudar en las misas rezadas (desde la salida de prima hasta tercia. Estaban exentos el portero y el refitolero) y, cuando no las había, estuvieran en el coro cantando y no en sus habitaciones o en la sala capitular. También debía, el maestro, comprobar si los novicios guardaba el protocolo según su antigüedad (por ejemplo, que el que no tenía dos años de hábito no ponía los codos sobre los brazos de la silla en el coro), vigilar si les hacían venia al Prelado o Suprior, que no hablaran con ningún huésped, aunque fuera pariente, salvo que tuviera licencia del Prelado ni pasaran a la hospedería para ello, ya que los ancianos hacían lo mismo aunque podían entrar en la hospedería. Respecto a pedir licencia, el religioso con menos de cuatro años de hábito no podía pedirla para él, el que tenía más de cuatro años de antigüedad sólo podía solicitarle para sí mismo y el anciano, además, podía pedirla para otro religioso.

Cuando la comunidad bajaba la cuesta, con permiso del Prelado, para ir a la fuente del Cobo u otro sitio, los novicios no se quedaban en el convento si no tenían licencia del Prelado y no podían bajar con medias de color, zapatos blancos y montera sino con herrezuelo (capa corta con cuello y sin capucha), sombrero y sotana.

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