Opinión de Don Juan de Borbón sobre el Sacro Convento

Portada del libro Don Juan de España, escrito por El Caballero Audaz.
Portada del libro Don Juan de España, escrito por El Caballero Audaz.

Dos hechos, importantes ambos para los calzadeños, tuvieron lugar en un mismo día y mes, catorce de abril, pero de distintos años: la visita del Infante Don Juan al Sacro Convento de Calatrava (1929) y la proclamación de la Segunda República (1931). A pesar de que los monárquicos ganan las elecciones municipales, el rey Alfonso XIII decide abandonar España con el fin de evitar una guerra civil ya que los republicanos obtienen más votos en las principales ciudades españolas. Su exilio lo pasó alojado en hoteles de diferentes ciudades de Europa, entre ellos el Meurice de Paris donde el periodista José María Carretero Novillo, alias “El Caballero Audaz”, entrevistará a él y a sus hijos –Gonzalo de Borbón, conde de Covadonga, y el Infante Don Juan. Estas entrevistas dieron origen a la publicación del libro Don Juan de España, heredero de Alfonso XIII en el que se puede leer la opinión de, según Luis María Ansón, Juan III sobre su visita al castillo de Calatrava la Nueva.

A dicha entrevista, Don Alfonso XIII vino acompañado, a las cuatro de la tarde, de su hijo el Infante Don Juan que, en esos momentos, era el candidato más probable a suceder a Alfonso XIII si éste fallecía. El objetivo de la interviú era hacer un libro sobre el Infante, después de haber escrito otro sobre el rey Alfonso XIII –¿Alfonso XIII fue buen rey?- y que fue bien recibido por la familia real, pareciéndole al rey admirable y sorprendente ya que el Caballero Audaz nunca estuvo del lado de Alfonso XIII ni le debía ningún favor.

Carretero, en la entrevista, tras pedir a Alfonso XIII algunas opiniones y juicios sobre la situación en que se encontraba España en esos momentos de la Segunda República y sobre la Dictadura de Miguel Primo de Rivera pasa a entrevistar a su hijo el Infante Don Juan y Don Alfonso se despide de esta manera, saludando con la mano y desapareciendo del hall:

Ahí dejo a Juanito con El Caballero Audaz, que le quiere hacer una interviú… ¡Ya podéis decir que ha echado la tarde vuestro hermano!

Aunque Don Juan fue el tercer vástago, la invalidez física de sus dos hermanos mayores le permitió ser futuro heredero a la Corona de España. El entrevistador comienza a describir la infancia y juventud así como sencillas anécdotas del tercer hijo del rey. Éste le comenta que los domingos los dedicaba a viajar por España para conocerla y amarla, acercándose al pasado con la visita a los gloriosos monumentos –catedrales, ruinosos castillos y desiertos claustros conventuales- que le hacía revivir las grandes figuras históricas y penetrar en la vida rural.

Entre estas visitas, recuerda la que hicieron los infantes al Castillo de Pedraza, a Somosierra, a Ávila y, sobre todo, al Sacro Convento de Calatrava la Nueva. Esta es la conversación que mantiene el periodista y el Infante:

– Otro día –continúa el Infante- fue una excursión al solar de la Orden de Calatrava… Íbamos en auto y, cuando a gran velocidad seguíamos el valle del Guadiana, de pronto, el mecánico me dijo: “Cierre V.A. muy poco a poco el freno de mano.” Entonces me di cuenta de lo que pasaba y ejecuté la maniobra serenamente, sin que se enterasen mi hermano Gonzalo ni los profesores. Cuando pasamos al borde de la cuneta les dije: “Señores, me parece que se nos ha roto la dirección.” Y era verdad. Nos distribuimos en los otros coches y seguimos un camino que, poco a poco, se iba haciendo dificultoso. Al cabo llegamos al pie de un monte coronado por la ingente ruina de Calatrava. Allí empezaba la vía empedrada por donde ascendían los antiguos caballeros y nosotros la subimos a pie. En lo alto nos aguardaba el prior de las Órdenes, prelado de insigne saber y virtud… El camino asciende ásperamente entre tomillares y jarales, y el sol nos abrumaba a pesar de la caricia perfumada de aromas campestres del aire.

La visión grandiosa del castillo me atraía, me sugestionaba… Adelantándome a todos me adentré en el primer recinto… No recuerdo una emoción igual. Todo eran ruinas a mi alrededor: las naves conventuales, la torre del tesoro, los aposentos del maestre, la vasta iglesia que proyectaba sobre el cielo sus calados rosetones sin cristales… De trecho en trecho, se abrían en el suelo tenebrosos boquetes… Mis lecciones de Historia me permitían conocer su antigua utilidad… Se trataba de profundos aljibes, cuya agua era necesaria para sostener los largos asedios, porque la fortaleza era fronteriza y en las algaras enemigas se refugiaban tras de sus muchos millares de campesinos aterrados… Yo miraba con pena aquellas ruinas que habían resistido a través de los siglos tantas guerras, tantos asaltos y que se habían rendido únicamente al abandono… E, impresionado por ellas, pensaba que sería una gran obra restaurarlas, volverlas a poner otra vez en pie y facilitar las peregrinaciones hasta ellas, porque son reliquias de nuestra Historia que, con su lección del pasado, podrían enseñarnos mucho para el porvenir…

– Esa obra, Alteza, de restauración, de resurrección del sentimiento y la veneración de las glorias nacionales es ahora más necesaria que nunca. ¡Quién sabe si el Destino pondrá algún día a Vuestra Alteza en situación de realizarla!

Hace un gesto de sincera extrañeza:

– No –dice-, a mí no; porque ésa sólo puede ser la obra de un rey de España.

– Acaso –replico- ¿no puede serlo algún día próxima Vuestra Alteza?

Interrumpe Don Juan, rápido:

– ¿Próximo? ¡No lo permite Dios! Que El dé una vida muy larga y muy dichosa al Rey, Don Alfonso XIII, mi padre…

Después de visitar el Castillo de Calatrava la Nueva los infantes se desplazaron a Calzada de Calatrava donde el alcalde, Juan Villalón, leyó el siguiente manifiesto:

«Infantes: Cuando los españoles tienen la seguridad de que su Rey vive la vida de la realidad y con ellos se confunde en ideales, no es atrevimiento irrespetuoso el solicitar su presencia. Al amparo de esa creencia, este pueblo del campo de Calatrava se sentiría orgullosamente honrado con la de su Monarca, a fin de que, apreciando con sus altas dotes de español, que siente las magnificencias de su tierra, la importancia de estas ruinas que vosotros habéis ennoblecido con vuestra visita, impulse su restauración, para que sirva de ejemplo de austeridad, valor, religiosidad y civismo a los extranjeros, que ante ellas veneren las reliquias de esta España por todos admirada».

Tuvo que pasar el tiempo –guerra civil, franquismo y transición- para que el Conde de Barcelona, con motivo del VIII Centenario de la incorporación de la Orden de Calatrava al Císter, volviera a visitar el Sacro Convento, el 5 de noviembre de 1987, junto con el Presidente de Castilla la Mancha, don José Bono, el marqués de Santa Cruz, el sacerdote don León Caballero, que fue conservador del castillo, y los alcaldes del Campo de Calatrava.

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