Narváez visita Torralba de Calatrava

Retrato del Capitán General Ramón María de Narváez, por Vicente López Portaña.
Retrato del Capitán General Ramón María de Narváez, por Vicente López Portaña.

Mediante estrepitosos cohetes que se lanzaron al aire y con un toque general de campanas fue recibido, sobre las nueve de la mañana del 14 de septiembre de 1838, el general Narváez en Torralba de Calatrava. La milicia nacional salió a recibirle, a extramuros de la población, en vistosa formación y se le hicieron honores y saludos de ordenanza; rompiendo la marcha se le arengó simultáneamente por los alcaldes y el cura párroco y el pueblo comenzó a vitorearle.

S.E. entró a caballo entre las aclamaciones de la muchedumbre hasta la plaza de la Constitución, donde se apeó y subió a visitar las casas consistoriales, donde recibió nuevos testimonios de gratitud de los vecinos. Llegado al General a su alojamiento fue recibido por una comisión del Ayuntamiento, milicia y clero. La milicia nacional dio la guardia de honor a S.E., y éste se dirigió al cuerpo municipal, le hizo una manifestación acerca del aumento, organización y uniformación de la milicia, indicando S.E. que un pueblo tan libre y decidido bastaba una mera insinuación, cuando de otros, ésta tenía carácter de mandato.

Cuando lo estimó conveniente, pasó al comedor en donde dio libertad a un crecido número de pobres presos por delitos de poca consideración, haciéndoles ver lo horrendo del crimen. Diversos favores le fueron pedidos por nacionales, familias de algunos de estos que habían fallecido en la guerra, y otros particulares, y todas las tuvo en consideración. Se sirvió una regular comida, se recitaron diversos versos alusivos a la situación por la que estaban pasando España y se brindó por las mujeres torralbeñas, por el restablecimiento del orden, por la conclusión de la guerra, por la Reina Isabel II, por la milicia nacional y por los liberales. La comida fue animada por una pequeña orquesta de aficionados que, voluntariamente, se presentaron a obsequiar a S.E. por sus grandes hazañas.

A las tres de la tarde, el general Narváez montó a caballo y emprendió su marcha hacia Ciudad Real, entre un pueblo numeroso bajo los cánticos, la alegría, los vivas no interrumpidos y el regocijo de todo el pueblo. El caudillo arengó a la milicia y vecindario a lo que fue contestado con vivas a España y vivas a la Reina Isabel II. Al día siguiente, se felicitó a S.E. por haber honrado a Torralba de Calatrava con su presencia mediante la siguiente carta:
Excmo. Señor:

Si ha tenido el ayuntamiento constitucional, milicia nacional, clero y patriotas de Torralba de Calatrava alguna emoción dulce a su corazón desde que comenzó esta guerra tan fecunda en sucesos y circunstancias, lo es ésta al ver dentro de su recinto a V.E., que cual otro Alfaqueque ha venido a la provincia de la Mancha a redimir a los buenos de ellas, rompiendo las cadenas con que los tenían en cierto modo aprisionados los enemigos del orden y de la libertad legal, por efecto de las fatalidades que siempre han presidido a este desgraciado país, y que no es oportuno el recordar.

La provincia de la Mancha, Excmo. Sr., puede decirse, con toda propiedad, que ha estado hecha un guayadero hasta que ha venido su libertador, el que no siendo insume, la ha vuelto a su primitivo estado de esplendor en su opinión y patriotismo, fortaleciendo a los buenos con sus heroicos y gloriosos hechos de armas que admirará la posteridad, y cuyo brillante comportamiento solo tiene en V.E. el natural origen de hacer un servicio a su nación, por sacarla del lamentable estado en que hombres encaprichados con la iniquidad y la tiranía la han reducido a menos de lo que es.

Pero con caudillos como el General en jefe del ejército de reserva jamás levantarán su denegrida cerviz, pues solamente su nombre les confunde y aterroriza en términos que puede decirse de V.E. en la Mancha, lo que del gran rey Felipe II con respecto a conservar su reputación en el arte de la guerra, que con ella, desde su retrete tuvo obedientes las riendas de dos mundos; y lo propio sucede en este suelo con V.E., que su nombre desde el rincón más oculto lo gobierna y hace temblar a los enemigos. ¡Loor eterno a tan digno jefe!

¿Y en medio de tanta severidad al parecer, qué hallan los buenos manchegos en V.E.? Lo que el pueblo halló en el emperador Tito Vespasiano, el que acordándose que se le había pasado un día sin hacer bien, dijo: que le había perdido; y el rey don Pedro de Portugal, que no merecía ser rey el que cada día no hacía merced o beneficio a su reino: esto mismo sucede con V.E. a la Mancha, que no hay día que no la haga un beneficio, destruyendo y aniquilando a los muchos malos de ella que pertinaces no se acogen al indulto.

¿Y qué debe importar a V.E. que en medio de tantos y tan cruentos sacrificios como está prestando en este deplorable suelo, se le acabe la vida, si se transfiere a otra eterna por medio de la memoria que conservarán las edades venideras, y registrarán las páginas de la historia? Si el capitán del siglo, el famoso Napoleón, ensanchó más y más su grande corazón al ver rendidas a sus pies las coronas y tiara de otros príncipes valerosos, no menos V.E. debe llenarse de un noble orgullo al ver pacificada una provincia que anteriores caudillos veteranos no han podido conseguir.

Concluya pues V.E. tamaña empresa, y desprecie con su natural talento y despejo, las invectivas mordaces e infundadas de la prensa periódica: ladran los perros a la leona, y ella con majestuoso desprecio prosigue el curso de su viaje: la primera regla del mandar, es saber tolerar las envidias. Así resultará, Excmo. Sr., un beneficio al Trono constitucional y a la libertad de nuestra patria; pues si V.E. abandonase este suelo por una fatalidad de las muy comunes hasta el día, quizá renacería la tiranía, y los libres de él descenderían indudablemente al Fosal.

Dios guarde a V.E. muchos años, en Torralba de Calatrava, a 15 de septiembre de 1838.

 

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