Llevan a la Calzada una reliquia de Fray Jorge de la Calzada

Convento de San Miguel de la Victoria, en Priego.
Convento de San Miguel de la Victoria, en Priego.

Alegres noticias tuvieron los vecinos de la Villa de la Calzada cuando supieron que había aparecido el cuerpo de Fr. Jorge y se les aumentó el gozo cuando se enteraron de los portentosos milagros que Dios obraba por medio de sus venerables reliquias.

El Licenciado Juan Bautista Ángel Sacerdote, natural de dicha Villa, fue a Priego y pidió una reliquia al Padre Fr. Esteban del Barco, Guardián del Convento de San Miguel de la Victoria de Priego. Teniéndola consigo, la aplicó en muchas ocasiones a diferentes personas enfermas y todas quedaron libres de los males que padecían.

En el año 1618, en la Calzada se enteraron de que el Ilustrísimo Señor Obispo de Cuenca quería colocar el cuerpo del Siervo de Dios y determinó el Ayuntamiento que el Licenciado Miguel Sánchez Sacerdote, Notario del Santo Oficio de la Inquisición, fuese con poderes a asistir a la función y a suplicar les diesen alguna reliquia. Hizo su embajada y asistió a la colocación del cuerpo  habiéndole concedido lo que pedía volvió a su tierra muy contento.

Una vez tuvieron noticia en la Villa de que llegaba la reliquia del Siervo de Dios comenzaron a ocuparse en públicos festejos y alegrías, haciendo aquella noche luminarias en las calles y poniendo luces en las ventanas de las casas y con una voz común pidieron que el bendito Fr. Jorge los favoreciese, intercediendo para que los librase de la plaga terrible de langosta que había. Estos afectos de sus devotos para Fr. Jorge fueron eficaces ya que la langosta comenzó a salir de la Villa y de sus términos, de modo que dentro de muy pocos días no veían una, quedando libre de ellas.

Esta reliquia que llevaron a la Calzada es un resto grande de la parte del pecho, el cual pusieron en un viril de plata entre dos cristales y la guardaron en una muy curiosa caja guarnecida de galón de oro y clavazón dorada y hicieron una alacena en el muro de la Iglesia cerca del altar colateral del lado del Evangelio, y allí se guarda con sus puertas y una reja de hierro, que también la defiende. Tiene dicha reliquia, hoy, un olor tan suave como cuando apareció el cuerpo y el color de cera amarilla a modo de oro, quedando todos los del lugar con sumo gozo de ver esa prenda que tanto desearon, estimándose por un rico tesoro.

En el mes de junio de 1619, que fue cuando recibieron la reliquia, se levantó una furiosa tempestad de truenos y relámpagos, amenazando una total ruina para las viñas. Estaba el Cura enfermo en la cama y pidió al Licenciado Miguel Ruiz Sacristán –presbítero, teniente suyo y Notario que fue después del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición- saliese a conjurar aquellas nubes. Lo hizo con mucha presteza y acordándose de la reliquia del Siervo de Dios la sacó con gran veneración y saliendo a la puerta de la Iglesia comenzó a mostrarla hacia donde estaban las más espantosas nubes y se deshizo toda la tempestad como si hubieran cortado las nubes, desvaneciéndose y quedando el cielo claro y apacible.

Otro caso sucedió que confirma cómo el Siervo de Dios continuamente protege la Villa de la Calzada. El 7 de diciembre de 1659, por descuido del  Sacristán, se quedó una luz encendida o alguna pavesa de la vela de una cámara de la Iglesia Parroquial cuando fue a tocar las campanas. Se encendió un poco de carbón que allí había y se originó un incendio tan notable que cuando, a media noche, lo advirtieron los vecinos perdieron totalmente la esperanza de que no se convirtiese en cenizas toda la Iglesia con lo demás que contenía el Templo.
Concurrieron, apresuradamente, todos con el Cura de la Villa, para salvar lo que se pudiese de aquel Santuario y queriendo entrar en el Templo para sacar el Santísimo Sacramento, vieron era imposible porque la Iglesia estaba tan llena de humo y fuego que era entrar y perder la vida, por lo que el cura, que era el Licenciado Fr. Don Sebastián del Valle y Pizarro del hábito de Calatrava, dijo que sería más fácil la entrada rompiendo el muro por la parte más cercana al Sagrario y acordándose de la alacena, donde se guarda la reliquia del Siervo de Dios, persuadió a la gente para que por aquella parte se rompiese con más facilidad. Lo hicieron así y en breve tiempo descubrieron la rotura del muro y hallaron donde estaba la reliquia; luego rompieron la puerta y la reja, que está por la parte de adentro, con que quedó capacidad para poder entrar en la Iglesia.

Apenas sacaron la reliquia del Siervo de Dios de su lugar, cuando de repente quedó toda la Iglesia llena de claridad y sin que el humo impidiese la entrada, con que libremente lo pudieron hacer y sacaron los vasos en que se guarda el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en el Sagrario del Altar Mayor y los ornamentos de la Sacristía con la plata de la Iglesia, atribuyendo esto la gente a la intercesión del Siervo de Dios, que movido de los clamores de sus devotos los quiso consola con alcanzar de Dios aquella misericordia.

Siendo el templo grande desde los pies de la Iglesia hasta el retablo del Altar Mayor no quedó cosa que no se abrasase y por ser las paredes de la Iglesia muy fuertes y tener debajo del techo una bóveda muy gruesa se pudo conservar el bajo de la Iglesia entera y a pesar de ser tan voraces las llamas, alimentadas de mucha madera, se halló sobre el Altar Mayor, al lado del Evangelio, el manual o ritual que sirve para la administración de los Santos Sacramentos, sin que le hubiese afectado el fuego. En una capilla, que se abrasó toda, que era donde estaba la pila del Bautismo, se halló el libro donde se inscribían a los bautizados del pueblo en una alacena, donde también se guardaban las ampollas con el Santo Oleo y Crisma y habiéndose quemado las puertas y un tafetán, que había como cortina por la parte de adentro, dicho libro y crismeras estaban sin haber padecido cosa alguna.

También  el incendio respetó los platos con las estopas o algodón, que se usaba para limpiar el Santo Óleo cuando se administraba a los enfermos el Santo Sacramento de la Extremaunción.
Todo lo referido consta por un testimonio auténtico, que me enviaron de la Villa de la Calzada, en donde están persuadidos que el Siervo de Dios fue intercesor en esta ocasión, como en las demás, que han experimentado sus favores con las maravillas que Dios ha obrado por medio suyo.

Fuente: “Vida del penitente y venerable Siervo de Dios Fray Jorge de la Calzada”, de Cristóbal Ruiz Franco de Pedrosa.

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