Le engaña el demonio, deja el hábito y vuelve al convento del Rosario

Restos de la Iglesia de Guadyerbas Bajas, pueblo por donde pasó Fray Jorge tras abandonar el convento del Rosario. Foto de Miguel Méndez-Cabeza.
Restos de la Iglesia de Guadyerbas Bajas, aldea por donde pasó Fray Jorge tras abandonar el convento del Rosario. Foto de Miguel Méndez-Cabeza.

Fray Jorge de la Calzada es tentado por el demonio y abandona el convento del Rosario. Deja el hábito y camina hacia Toledo, pasando por Guadyerbas -pueblo ya desaparecido. Le prenden por vagabundo, un sacerdote le hace ver que ha sido tentado por el demonio y regresa al convento del Rosario para recibir, nuevamente, el hábito que había dejado. Confiesa su culpa al Guardián y lo manda a ver al Prelado superior. Éste lo envía al Padre Provincial y acaba en el convento de Aldea del Palo.

Conoció muy bien el Demonio que Jorge se inclinaba a una mayor perfección y servicio de Dios por lo que le tentó para que dejase el hábito. Se le apareció una noche en figura de Ángel de luz y le dijo que Dios le quería para  mayores empresas que estar retirado en una celda del convento, que dejase el hábito y se volviese al siglo, que él le volvería a visitar y le diría lo que debía de hacer para mayor servicio a Dios.

Esta aparición confundió a Jorge,  ya que estaba muy novicio en materias de espíritu, y no pudo discernir lo bueno de lo malo ni conocer quien le engañaba; y aunque tuvo la determinación de comunicar la visión no se atrevió, juzgando que no le darían crédito y le detendrían. Tampoco quiso dar a conocer aquel favor, que a su parecer provenía del Cielo, por lo que no sabía qué hacer y estaba lleno de confusión y duda.

Viendo el Demonio que ya tenía la puerta abierta a sus engaños, se le apareció por segunda vez con no menores resplandores, reprendiéndole, aunque con dulzura, el no haber obedecido. Volvió a repetirle lo mismo y a darle prisa para que antes que viniese el Maestro de novicios, que estaba fuera del convento,  dejase el hábito, porque si llegaba le impediría la ejecución imposibilitándolo todo. Terrible fue esta segunda aparición para tan poca resistencia, estando casi persuadido de que era bueno el espíritu que le hablaba y consintiendo totalmente hizo resolución firme de dejar el hábito buscando por donde escaparse sin que nadie le viera.

Por tercera vez se le aparece amenazándole que si no dejaba el convento le sacaría violentamente con un garfio y le enseñó la parte por donde podía salir con facilidad. Habiendo Jorge creído que la embajada era de parte de Dios no fue difícil persuadirlo de que esta amenaza procedía también de la divina justicia y no quiso salir del convento con el hábito: se lo quitó, lo dejó en el Coro y salió del convento sólo con los paños menores y las disciplinas.

Por una parte se sentía despojado de aquel santo hábito y por otra muy alegre de haber obedecido, a su parecer, a Dios. Comenzó a caminar tan deprisa que en espacio de una hora caminó tres leguas desde el Convento del Rosario hasta un pueblo que llaman las Guadyerbas. Tal era su prisa y facilidad que el Demonio le ofrecía que, aunque fuese fuera del camino y por montes, caminaba sin sentir fatiga, como si lo llevaran por el aire.

Guardyervas Altas y Bajas son dos despoblados en la provincia de Toledo, partido judicial del Puente del Arzobispo, término de Oropesa y Navalcán; están situados en los márgenes del río Guadyervas.

A 200 varas [de unos muros que se conoce sirvieron para puente] se hallan los escombros del pueblo llamado Guadyervas Altas, que dejó de existir sobre el año 1797; enfrente de estas ruinas desembocan los arroyos que recogen las aguas de Navalcán y Parrillas; a la ½ leg. hay un vado que se llama de los Herreros, que su camino va de Navalcán a las ventas de San Julián, bañando por la parte del N. la dehesa de Calabazas, propia del primer pueblo, y a los ¾ se halla el puente de  Guadyerbas Bajas, de un ojo, de piedra cantería, de 8 varas de elevación; poco antes está el molino llamado Monteagudo, propio del señor duque de Frías, y enfrente los escombros del pueblo Guadyervas Bajas, que no se tiene conocimiento cuando dejó de existir. Sigue el río Guadyerbas bañando los montes de los Llanillos, Valtraviesa, Valdecasillas y Miguel Téllez, propios de Oropesa; pasando por estos últimos el camino que de Navalcán se lleva a Candeleda, y a las 500 varas entra en el río Tiétar y pierde su nombre.

Del Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar de Madoz.

Llegó a aquel lugar y amaneció al día siguiente, donde le vieron desnudo y le dieron un pedazo de manta vieja con la que cubrió parte de su cuerpo y con un pedazo de pan prosiguió su viaje.

Sabiendo que estaba ya fuera del Convento y sin saber a dónde caminaba ni el fin que tendría su resolución se halló totalmente desamparado de todo consuelo y empeñado en seguir determinación.

Pasaba, como loco, por los lugares, medio desnudo, andando muy deprisa y sin hablar palabra. Los muchachos le perseguían, le daban golpes y se burlaban de él pero no se quejaba ni impedía los malos tratos buscando sólo lo que a su parecer más le importaba; de esta forma y sin comer nada más que algunos pedazos de pan, que voluntariamente le ofrecían, y cáscaras de naranjas, que cogía en los muladares, en breve tiempo llegó a la Imperial Ciudad de Toledo, fue a la Santa Iglesia y después de orar se recogió en un rincón de una puerta, para pasar allí la noche. Lo vieron al cerrarla y le echaron fuera.

No lejos de allí halló un portal abierto de las casas del Ayuntamiento donde había otros pobres; se puso entre ellos y pasó allí toda la noche, hasta que por la mañana llegaron unos ministros de justicia que reconocieron a los vagamundos y los prendieron, junto con Jorge, sin tener en cuenta las deposiciones de aquellos, que aseguraban no le conocían y que toda la noche había estado en oración. Lo llevaron a la cárcel con los galeotes, quizás para confusión de aquellos hombres llenos de vicios y maldades, porque el Siervo de Dios se apartó en un rincón del calabozo y allí vivía la Religión, teniendo disciplinas y otros ejercicios que admiraban a los que le veían, hasta que un día sacándole de visita y oyendo el Juez lo que decían de él de la oración, que hacía penitencia y caridad, repartiendo lo que a él le daban con los demás presos, quedándole muy poco, y viendo que no le podían hacer hablar palabra mandó le sacaran de la cárcel.

Volvió a la Santa Iglesia y estuvo oyendo misas toda la mañana. Un sacerdote devoto, que vio al Siervo de Dios el afecto con que asistía a los divinos oficios, le preguntó quién era y que aguardaba. Le refirió Jorge el estado en que se hallaba y cómo por aquella revelación dejó el hábito de San Francisco. Conoció el buen sacerdote que había sido tentado por el Demonio y aconsejó al Siervo de Dios que volviese a la Religión y volviese a colgarse el hábito.

Quedó gustosísimo Jorge de haber oído el desengaño y saber que el Demonio le hubiese perturbado en sus primeros propósitos, decidió obedecer al confesor en cuanto le dijo, el cual lleno de piedad llevó consigo a Jorge a su casa, le dio de comer y le dio su bendición y el Siervo de Dios partió para el Convento del Rosario, de donde había salido.
Llega Jorge al Convento del Rosario y no le quieren dar hábito. Busca al Provincial y se lo pide humildemente

Quedó escarmentado Jorge con este suceso, aunque el Demonio le tentó más veces durante su vida nunca le pudo engañar ni vencer de ninguna manera quedando Jorge vencedor.

Salió de la Ciudad de Toledo consolado de verse libre de aquel engaño y deseoso de poner en ejecución cuanto el confesor le había ordenado. Llegó en pocos días al Convento del Rosario pero con tanta vergüenza que no se atrevió a llamar con la campanilla de la portería y cerca de la puerta se puso de rodillas para hacer oración, pidiendo a Dios que le favoreciese para volver a recibir el santo hábito que había dejado. Viéndole el portero le causó novedad y le preguntó dónde había estado y le reprendió, afeándole lo que había hecho. Pero el Siervo de Dios, viendo que la reprimenda era justificada, aún no se atrevía a satisfacerle y repetidamente besaba varias veces la tierra. Lo dejó allí el portero y dio cuenta al Guardián, el cual mandó le diesen de comer, pero que no le dejasen entrar al Convento.

Lo alojaron en un aposento que estaba al lado de la portería, por la parte de afuera, y después salió el Guardián a hablarle y apenas el Siervo de Dios lo vio se arrojó a sus pies con tiernas lágrimas y sollozos, que salían de los más íntimo del corazón. Confesó su culpa, refirió el caso contando todo lo que le había pasado, pidiendo de nuevo el hábito y compadeciéndose el Prelado, convencido de que todo lo que refería era así, porque su sinceridad y afectos no dejaban duda pero era menester recurrir al Prelado superior. Le acarició y le asistió con mucha caridad, diciéndole donde se hallaba el Padre Provincial. Se fue allá y le contó el suceso esperando que Dios le volviera al rebaño donde ignorantemente se había salido.

No fue perezoso Jorge en hacer lo que el Guardián le dijo, partió con mucha prisa hacia donde le dijeron estaba el Padre Provincial, que era entonces el Siervo de Dios Fr. Pedro de Jerez, varón apostólico y de aventajada virtud, prendas bien necesarias para un Prelado y más en Religión de tanta austeridad. Lo encontró en el camino, se le echó a los pies sin hablarle. El Padre Provincial reconoció su arrepentimiento y con las noticias que ya tenía de él no tuvo duda en darle nueva licencia para que le diesen el hábito.

Se hallaba en Castilla la Vieja, cerca del Convento de Aldea del Palo, que era casa de noviciado y fundado por el beato Pedro de Alcántara y le remitió con la licencia para que le diesen allí el hábito. Partió para Aldea del Palo, donde fue bien recibido y obedeciendo el mandato del Provincial le pusieron el hábito y comenzó su noviciado.

Fuente: “Vida del penitente y venerable Siervo de Dios Fray Jorge de la Calzada”, de Cristóbal Ruiz Franco de Pedrosa.

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