El pregón de la Semana Santa de 2022

Adela Palomino Valencia

Los hermanos mayores de las Hermandades de Semana Santa junto al presidente de los armaos, el presidente de la Junta Pro Semana Santa y la pregonera.

Excelentísima Señora alcaldesa y autoridades civiles, Reverendo Párroco, Hermanos Mayores y presidentes, representantes de las diferentes hermandades de Calzada de Calatrava, de la Agrupación Cultural de armaos, y de la Junta Pro Semana Santa, Vecinos y hermanos todos.

Es una bonita tradición comenzar este pregón con un acto de agradecimiento por el hecho de estar aquí en este momento haciendo algo que supone un enorme honor y una gran responsabilidad: dar el pregón de la Semana Santa de mi pueblo, Calzada de Calatrava.

Gracias en primer lugar a la JUNTA PRO SEMANA SANTA por el difícil e importante trabajo que realizan para aunar voluntades, y también por haber pensado en mí para realizar esta labor. Gracias también a todos mis hermanos negrillos, especialmente a los que han formado parte de las últimas Juntas Directivas, por enseñarme lo que es una hermandad desde dentro. Siento tanto agradecimiento hacia tantas personas que me es imposible nombrarlas a todas, pero sí diré algunos nombres, que para mí son muy especiales:

PACO VARÓN, nuestro primer presidente. Compartimos juntos la ilusión y los nervios de representar a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno en aquel año que comenzaba su nueva andadura bajo el régimen del Estatuto Marco. La primera vez que la Hermandad estaba regida por las dos figuras de presidente y hermano mayor, y parecía que podía resultar conflictivo, pero entre nosotros se desarrolló una relación fantástica de amistad y respeto, y todo resultó perfecto. Nunca lo olvidaré.

FORTUNA VALENCIA, nuestro presidente. Nuestro maestro. Él representa la sabiduría y el sentido común.

DON JESÚS, nuestro párroco. Por integrarse tan bien en este pueblo tan peculiar y representar, con ese gracejo suyo tan campechano, el fundamental papel de la Iglesia en estas fiestas de Semana Santa.

Y claro, a mi familia, que me ha enseñado a amar mi pueblo y mi tierra manchega, el lugar donde las raíces profundizan en busca del arraigo que todo ser necesita para sentirse completo. Y junto a ellos, como parte de mi familia, AGUSTINA FERNANDEZ y los suyos.

Adela Palomino Valencia

Vamos a dar comienzo a una Semana Santa que será histórica. Una terrible pandemia cambió por completo nuestra forma de vida. Un suceso tan extraordinario que ha suspendido la vida normal durante dos años: dos años sin celebrar procesiones. Con lo que esto significa para Calzada…. Por momentos nuestro pueblo parecía muerto. Resulta tan difícil imaginar Calzada sin fiestas…  pero durante dos años se han tenido que suspender las procesiones y la Semana Santa ha quedado reducida a las celebraciones litúrgicas en el templo, retransmitidas por Don Jesús, que durante este tiempo de confinamiento y de aislamiento nos mantuvo unidos diariamente e hizo todo lo posible para que no perdiéramos el ánimo. Dos años sin procesiones…. Esto no había ocurrido desde nuestra Guerra Civil, y solo los más viejos del lugar recordaban algo así.

Ha sido duro. Ha habido momentos muy difíciles, muy amargos. El miedo inundó nuestra vida y nos mantuvo aislados, y solos. Pero aquí estamos de nuevo. Con la firme y decidida intención de que nuestra Semana Santa vuelva a ser lo que siempre fue. Con el recuerdo en el corazón de los que ya no están con nosotros. Quizás estos dos años hayan servido para hacernos reflexionar sobre algunas cosas. Quizás nos haya hecho entender qué es importante y qué no lo es tanto. En nuestra vida. En nuestro pueblo. En nuestras hermandades.

La Semana Santa, tal y como la vivimos en España, no se entiende sin las cofradías. Ellas estaban en el origen de los tiempos y continúan activas y pujantes en la actualidad. Son realmente el motor de estas fiestas que celebramos. Su vitalidad se hace presente en sus hermanos mayores y en sus presidentes, que aquí nos acompañan, y que representan las distintas hermandades y asociaciones de la Semana Santa calzadeña, desde las más antiguas hasta las más recientes. Conforman ese núcleo de hermanos que cuando llega el tiempo de Cuaresma comienzan a reunirse en torno a su cofradía, con un brillo especial en los ojos, y la complicidad del que tiene una importante misión que llevar a cabo, del que se sabe miembro de una familia de hermanos desparramada por toda la geografía nacional que volverán a unirse, como cada año, en torno a una figura aglutinadora, su titular, su Cristo, su Virgen…

Una llamada año tras año los convoca desde tiempo inmemorial. Porque las cofradías son entes vivos cuya existencia se remonta siglos atrás. Su vida ha ido evolucionando a lo largo del tiempo porque son instituciones que forman parte del pueblo y se mueven con él, y constituyen la manera de expresar nuestras más profundas creencias. Esas creencias que están conformadas por lo que nuestros padres y nuestros abuelos nos trasmitieron en el seno del hogar. Su fuerza procede de los que nos precedieron en el camino de la vida, y de cómo nosotros actualizamos y damos sentido a aquello que aprendimos de niños.

Probablemente todos los que estamos aquí formamos parte de alguna hermandad, y si nos preguntan por qué la Semana Santa es algo tan importante en nuestra vida, seguramente la respuesta sería unánime: porque lo viví desde niño. Porque vimos a nuestros padres y a nuestros tíos ponerse una túnica, o una armadura, y salir a la procesión, porque recordamos a nuestras madres arreglándose para ir a la iglesia a los OFICIOS, porque todo eso nos hacía querer formar parte de aquello que cobraba vida a nuestro alrededor cuando llegaba el tiempo de Cuaresma. Y es que probablemente pocas cosas reflejan más la esencia de la tradición que la Semana Santa española. Y para nosotros, la de Calzada de Calatrava. Primero porque es la nuestra. Y segundo, porque hemos de reconocer que tenemos una forma muy intensa y muy peculiar de celebrarla. Totalmente pasional.

Y en el centro de esta pasión tan calzadeña están nuestras hermandades, y sus bandas, y sus portadores, y los armaos… Hablamos de instituciones donde el pasado tiene una fuerza tan extraordinaria que difícilmente podremos entender lo que significan si desconocemos por qué se crearon. Tienen su origen en los gremios de la Edad Media, que agrupaban a personas según el trabajo que realizaban o según su origen. Y se unían básicamente para protegerse entre ellos. En tiempos en los que no existía la Seguridad Social ni las Compañías de Seguros, se dedicaban auxiliar a sus miembros en caso de pérdida de trabajo, de accidente, enfermedad o muerte. Se encargaban de proteger a la familia, de pagar los entierros, de ofrecer misas por la salvación de las almas… Y no se dedicaban solamente a auxiliar a sus miembros y a sus famílias sino que atendían las necesidades de los más pobres del lugar, financiaban y sostenían con su trabajo hospitales y colegios…. Toda esa “labor social” estaba fundamentada en un fuerte sentimiento religioso de la vida, en un deseo de vivir el mensaje del Evangelio.

Y esto configura las dos vertientes que formaban, y siguen formando, la esencia de las cofradías y hermandades:

  1. La fraternidad entre sus miembros.
  2. La misión de dar testimonio público de su fe en Jesucristo.

La fraternidad es ese vínculo especial que existe, o debería existir, entre los componentes de una hermandad. Creo que todos lo hemos sentido. Es algo parecido a la relación que nos une a nuestros hermanos de sangre: discutimos, peleamos, nos enfadamos, pero luego todo pasa, porque hay algo superior que nos une. Algo que hace que sintamos que estamos “entre los nuestros”. Es un vínculo antiguo y nuevo a la vez, porque se renueva cada año, especialmente cuando sentimos próxima la Semana Santa y el pueblo empieza a vivir de otra manera, y comenzamos a repetir antiguas tradiciones, como el Pecado Mortal, como la bocina por las noches, como el Vía Crucis…

En la iglesia comienza la actividad que nos introduce en el tiempo litúrgico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. En los locales de las hermandades se repiten los ensayos de las bandas, de los portadores, de los armaos… se limpian y se visten las imágenes, se van decorando los pasos…. Toda esta actividad está llena de momentos y de vivencias que refuerzan el vínculo entre los hermanos, y que muchos que vivimos fuera del pueblo y llegamos para el momento de la procesión nos perdemos. Es cierto que las cofradías tienen fama de ser un centro de rencillas, de críticas, de disputas entre cofrades, para qué vamos a negarlo. Se producen inevitables discusiones por esto o aquello, y aparecen con frecuencia los nervios, las voces y los gritos. Solemos pensar que la fraternidad significa ausencia de conflictos, pero las hermandades son parte de nuestra vida y somos tan distintos que las diferencias son inevitables. A veces, incluso necesarias. Pero todo esto pasa a un segundo plano en el momento en que se oye el primer redoble del tambor, el primer toque de corneta que nos indica que va a dar comienzo la procesión. Los capillos se van bajando, nos vamos colocando en la fila, y llega el silencio. El silencio, junto al sonido de las marchas procesionales, va haciendo que el ruido mental que llevábamos en nuestro interior se vaya diluyendo lenta y sosegadamente.

Para un cofrade la procesión es el momento más importante de su vida. Cada uno de nosotros podría describirlo de una manera diferente. Pero hay una nota común: la emoción. Toda esa mezcla de sentimientos que empezaron con la Cuaresma se van concentrando en el momento previo a la procesión: se revisan los últimos detalles, los hermanos conversan en la sede, la banda afina sus instrumentos, los que llevarán un paso se van situando junto a él…. Ese barullo, ese caos previo a la salida de la procesión se convierte como por arte de magia en orden y silencio al dar comienzo la procesión. Es el momento central que marca la pertenencia a una hermandad. El viejo rito repetido una vez más, y sin embargo, con la emoción de la primera vez.

        Porque la procesión es fe y es tradición.

        Es religiosidad, y es folclore.

        Es pasado, y es rabiosa actualidad.

        Y es hermandad, y fraternidad.

Es el momento en que los hermanos forman una comunidad. Cuando vemos una procesión impresionan varias cosas, pero siempre hay algo que llama poderosísimamente la atención. Es ese grupo compacto, homogéneo, ordenado, caminando en silencio en dos filas, con la misma túnica, con los capillos bajados…. Como si la individualidad no importara nada. Como si fuese una única persona. Momentos antes era un caos de hombres y mujeres, mayores y jóvenes, y lo volverá a ser al terminar la procesión y empezar el pasacalles, y luego, más aún en el charco, ese momento en que desaparece todo orden y uniformidad, y la hermandad entra en pleno bullicio y amistad con propios y ajenos. Es entonces cuando aparecen a la vista la enorme variedad de personas que forman una hermandad: ancianos y niños, jóvenes y mayores de distintas clases sociales, con diferentes ideas políticas y distintos planteamientos de vida, incluso diferentes formas de entender y de vivir la religión. Porque las hermandades de Semana Santa son eminentemente entidades religiosas, conviene dejarlo claro.

El Estatuto de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno en su primera parte habla de la naturaleza y los fines de la hermandad. En el artículo 2 dice textualmente:

“Esta hermandad es una asociación voluntaria y pública de fieles, expresión de la comunidad eclesial, que se unen para ayudarse a vivir más intensamente su fe cristiana, para potenciar la actividad apostólica que dimana de la misma fe, así como para fomentar la devoción a Nuestro Padre Jesús Nazareno.”

Y en su artículo 4 dice:

“La hermandad fomentará entre sus miembros el espíritu de oración y la participación      activa en los sacramentos.”

Y el artículo 6 proclama:

“Como testimonio de comunión, la hermandad fomentará entre sus miembros una vida de   verdadera fraternidad, así como de servicio al bien común, para atender las necesidades de los más débiles y trabajar para promover la justicia social según las enseñanzas de la Iglesia:”

¡Que belleza! Y algo muy parecido sucede en los estatutos de las otras hermandades.

Pero como he dicho antes somos muchos y muy diferentes. Hay personas que viven de una manera profunda su fe y su relación con la Iglesia, asistiendo y participando en las celebraciones religiosas, en la Eucaristía, en la que Nuestro Señor, Nuestro Nazareno, se hace real y verdaderamente presente. Otras, prácticamente solo se relacionan con la Iglesia en Semana Santa, a través de los actos de su hermandad. También están los que, declarándose cristianos, no viven su fe dentro de la Iglesia. E incluso los hay, quizás cada vez más, cofrades que se declaran agnósticos. Toda esta variedad y diversidad confluyen en la hermandad y le dan vida. Pero las hermandades forman parte de la Iglesia, se rigen por normas que han de ser aprobadas por la Iglesia, y sin embargo son asociaciones eminentemente laicas. Esta es su riqueza… y su problemática.

Los símbolos y los ritos utilizados en la liturgia de la Iglesia no siempre resultaban entendidos por el pueblo. Y así, fue creándose, desde el propio pueblo, una “liturgia paralela” para hacerlos más comprensibles y cercanos. Es así como surgen las procesiones de Semana Santa, como un deseo del pueblo de participar y de vivir los misterios de la fe. Podría decirse que una de las principales señas de identidad de los católicos, aquello en que nos diferenciamos de otras religiones, es la veneración de las imágenes religiosas. Y dentro del catolicismo, las cofradías de Semana Santa se llevan la palma en el uso de las imágenes religiosas para acercarnos a la divinidad. Las imágenes forman parte de nuestra tradición cultural, hemos crecido junto a ellas. No son Dios, pero nos acercan a Dios. No caigamos en el error de adorar algo hecho por el hombre. El Nazareno, cuya imagen sacamos en procesión, está realmente en la iglesia. Concretamente en el sagrario. Y se hace presente en cada Eucaristía. Esta Semana Santa volveremos a caminar junto a nuestras imágenes, acompañaremos la imagen de un Dios que sufre, un Dios que muere de una manera atroz. Nos presenta todo el dolor posible en este mundo, físico y mental. Todo ese dolor cuyo significado seguimos sin aceptar y sin entender. Porque la muerte sigue siendo para nosotros el gran misterio. ¿Y qué sentido tendría el mensaje de Jesús si no ofrece respuesta a esta angustia del hombre?

Hoy, seguramente más que nunca, seguimos sin respuesta ante el sentido del dolor y de la muerte. Después de tanto progreso, en esta cuestión no hemos avanzado nada. Y ese continuo y persistente fracaso nos conduce a evitar pensar en ello. Los moribundos mueren en hospitales de manera anónima y solitaria. Ocultamos a nuestros niños algo tan completamente natural y que sin embargo nos desconcierta y ante lo que no hallamos respuesta. Pero cada Semana Santa Jesús nos vuelve a situar frente al gran misterio. Veremos a María mirar de frente el sufrimiento en el rostro de su hijo. Encarar la muerte a los pies de su cruz. Ninguno de los dos pretende evitarla. Tampoco la buscan. Simplemente la aceptan, desde una obediencia total al Padre.

Jesús representa la respuesta al gran misterio. La verdadera liberación humana tiene que incluir la liberación de la muerte. Saber ir hacia ella, con miedo, con dolor, con tristeza, pero con una infinita confianza en el Padre. Jesús tiene una certeza absoluta de que la verdadera vida no es esta que vivimos aquí.

                “El que quiera ganar su vida la perderá.

                Pero el que pierda su vida por mí, la ganará.”

Él representa la victoria de la verdadera vida sobre el oscuro y frío poder de la muerte. El Domingo de Resurrección celebraremos su triunfo absoluto, que viene a ser el nuestro. Porque precisamente para eso vino al mundo. Para salvarnos de la eterna oscuridad y llevarnos al mundo de la luz. Nada más grandioso que lo que celebramos la noche del sábado al encender el cirio pascual, que ilumina la oscuridad de la noche y de nuestra vida. Nos lo dice San Pablo, al final de su vida, cuando ya sabe que va a ser ejecutado, en su preciosa carta a Timoteo:

                “Acuérdate de Jesucristo, que resucitó entre los muertos.

                Si hemos muerto con Él, viviremos con Él.

                Si somos constantes, reinaremos con Él”

Hermanos, para muchos la Semana Santa es simplemente una fiesta. Una bonita tradición heredada de nuestros mayores, generación tras generación, que nos recuerda aquellos hechos sucedidos en Galilea hace más de dos mil años. Pero para los cristianos no se trata de recordar un hecho del pasado. Jesús no será jamás “un hecho del pasado”. Esta Semana Santa no recordaremos a Jesús, porque Él no es “un recuerdo”. Jesús sigue aquí. Entre nosotros.

Volverá a ser traicionado, vendido, y apresado en el Huerto de los Olivos. Volverá a ser condenado a muerte. Va a cargar con su pesada cruz, camino del Calvario. Su madre estará con Él, al pie de la cruz. Valiente como nadie. Y nosotros, tendremos el enorme e inmerecido privilegio de poder estar a su lado.

Y ahora, juntos de nuevo, los calzadeños volveremos a llenar nuestras casas y nuestras calles de esa pasión tan nuestra por la vida, por el encuentro y por la fiesta.

Hermanos, amigos, vecinos…. De todo corazón: FELIZ SEMANA SANTA.

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