El prior de Calatrava (II): Sacrilegio y farsa de los carlistas

Plano de 1884, del Instituto Geográfico Nacional, donde se puede apreciar donde se encontraba la Iglesia de Ntra. Señora del Valle.
Plano de 1884, del Instituto Geográfico Nacional, donde se puede apreciar donde se encontraba la Iglesia de Ntra. Señora del Valle.

Sabido es que durante la guerra los carlistas, que no habían tenido valor para lanzarse a la pelea, favorecían desde los pueblos la causa del pretendiente, facilitando noticias y dinero a sus parciales. Para ello tenían sus sociedades y sus puntos donde se discutían los medios de ayudar a sus amigos y en ninguna parte, acaso, estas maquinaciones fueron tan repetidas y terribles como en la Calzada de Calatrava. Allí puede decirse que llevaban un diario de las operaciones de la guerra; sabían siempre el paradero y dirección de los cabecillas, y podían calcular hasta las horas en que debían tener lugar algunos acontecimientos. Desde la aparición de D. Basilio en las provincias del mediodía, creo que no le perdieron de vista sus correligionarios de la Calzada, manteniendo con él la más perseverante correspondencia y proponiéndole los medios de realizar sus insensatos y criminales proyectos. Súpose, por consiguiente, la aproximación del cabecilla Basilio y su plan de penetrar en el pueblo mucho tiempo antes de que tan desgraciada ocurrencia tuviese lugar; pero, al mismo tiempo que los carlistas, lo supieron también los liberales, y empezaron a tomar las medidas que la prudencia aconsejaba en tan difíciles circunstancias. Entre otras, adoptaron la precaución de tener siempre vigías en la torre del pueblo, y esto quizá dio motivo a que los enemigos del gobierno constitucional imaginasen el proyecto más inhumano y feroz de que hay ejemplo. Haremos un ligero bosquejo de la situación del edificio en que dichos vigías se hallaban para observar el movimiento de los facciosos, y donde poco después habían de perecer muchas honradas familias, víctimas de la más infame de las traiciones.

Como generalmente sucede en todos los pueblos, el edificio de más resistencia que había en la Calzada era la iglesia. Esta se halla situada en las afueras y al norte de la villa, teniendo inmediato o contiguo a ella el cementerio o camposanto, por el cual podía también entrarse en el templo. Este fue, por decirlo así, el último baluarte elegido por los nacionales para poner sus vidas y las de sus familias al abrigo del fratricida plomo de los rebeldes, y desde luego se constituyó allí el cuerpo de guardia de los ciudadanos comprometidos por la causa de la libertad, yendo por las noches los hijos y esposas de los mismos a refugiarse por el temor que tenían de verse cuando menos lo pensaran expuestos a ser sorprendidos y sacrificados.

En nada absolutamente se alteró el orden respecto a las funciones de la iglesia: todo el mundo conservaba el respeto debido al local; y a pesar de este digno y natural comportamiento, los carlistas empezaron a quejarse diciendo que la sola estancia de las personas que allí se cobijaban era una profanación, por lo cual querían desalojar el templo de todas sus reliquias y enseres y trasladarlo a otra parte. Pretexto ridículo y villano, porque poco respeto podían tener a la iglesia los que poco después para saciar su horrible sed de venganzas tuvieron valor para destruirla. Viendo que nada conseguían idearon mil modos de llegar al término que apetecían, y entre otros muchos que pusieron en juego imaginaron una sangrienta farsa, un verdadero sacrilegio de su parte, porque ciertos hombres no se paran en barras cuando quieren que su opinión prevalezca. Efectivamente, un día que el sacristán, que también hace de campanero, iba a subir a la torre, experimentó grande sorpresa encontrándose con el sagrario abierto y las formas tiradas por el altar y hasta por el suelo. En un pueblo fanático como lo son casi todos; en un pueblo altamente levítico como la Calzada, considérese el efecto que produciría la noticia. Todos los ciudadanos, sin distinción de edades, sexos ni matices políticos, se espantan, se horrorizan y recorren el templo en mil direcciones para buscar el vaso sagrado que por casualidad encontró un fraile exclaustrado debajo de la escalera de la torre, que se halla en un extremo de la nave.

Se conoce que el ladrón no era muy ducho en el arte cuando en tal parte dejó lo que había robado. Ni tampoco se concibe cómo dejó tirada una cosa que si fue robada pudo llevarla consigo y ponerla en sitio más seguro. Por eso dije antes que esta farsa, este pretexto era un verdadero sacrilegio de los que se llaman partidarios de la fe.

Inmediatamente se pensó en descubrir los autores del atentado; pero todas las diligencias practicadas, todas las investigaciones fueron inútiles, porque nada podía saberse acerca de un hecho que nadie había presenciado y que tenía los visos de una red tendida a los que solo tenían el delito de profesar ideas de humanidad y progreso. Pero aunque nada se pudo averiguar se procedió a la prisión de los que se hallaban de centinelas en la torre, lo que fue un doble sacrilegio, una nueva iniquidad, porque demasiado se sabía que los tales sujetos eran incapaces del crimen que se les imputaba.

Tomáronse con este motivo disposiciones a fin de no dejar nada de lo que había en la iglesia, y en aquel mismo día quedó el templo desocupado, dejando solamente un retablo, el órgano y algunos otros muebles cuya mudanza habría sido demasiado larga y trabajosa. Con esto, que era el preludio de la atrocidad proyectada para más adelante, quedaron aplacados los carlistas, quienes además tenían el gusto de ver encerrados a dos de sus enemigos, que por cierto el uno era soldado de la guarnición muy querido por su honradez, y el otro un nacional no menos estimado por sus prendas morales conocidas de todo el vecindario. ¿Cómo se concibe que si estos hombres habían cometido el crimen que se les imputaba hubieran permanecido tranquilamente en su puesto? Por otra parte, ¿habían de ser tan mentecatos que siendo ellos los más inmediatamente responsables de cualquier desorden en el lugar confiado a su custodia y vigilancia, fuesen a cometer un delito constituyéndose voluntariamente en una prisión? ¿Habían de ser tan poco cautos que fuesen a ocultar el vaso sagrado en un sitio tan público y donde había de ser descubierto al instante? ¿Habían de ser tan estúpidos que arrojasen las formas por el suelo para delatar cuanto antes un crimen cometido sin objeto alguno? Esto no se concibe, y por esto mismo el comandante empezó a dar algunos pasos en favor de los acusados, visto lo cual por el cura párroco, y temiendo acaso las consecuencias de la falsa imputación, se presentó al escribano que tenía la causa, se la pidió y luego que la tuvo en su poder la hizo trizas, quedando desde luego en libertad los que sin culpa ninguna habían sufrido la prisión y acusaciones más atroces por parte de sus enemigos. ¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué, rota la causa, no se hicieron diligencias para incoarla de nuevo? ¿Dónde estaba el tribunal competente para cortar tan arbitrariamente por lo sano en un asunto de tanta trascendencia? Los sucesos que referiré después nos darán alguna luz para aclarar el enigma.

Salieron, pues, en libertad los acusados; el vecindario volvió a recobrar la tranquilidad, y D. Basilio, entretanto, seguía sus correrías por Andalucía, sin dirección fija y hasta sin pensamiento al parecer; pero meditando sin duda el día de júbilo que tanto esperaban los fanáticos serviles de la Calzada.

Fuente: Desenlace de la Guerra Civil, de Juan Martínez Villergas.

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