Planes que usaba Jorge para socorrer a los pobres mendigos y otros necesitados. Lo mudan al Convento de Alcalá

Dibujo a lápiz del antiguo convento franciscano de San Diego de Alcalá de Henares, demolido en 1859.
Dibujo a lápiz del antiguo convento franciscano de San Diego de Alcalá de Henares, demolido en 1859. Fuente: José Carlos Canalda.

Desde muy tiernos años comenzó nuestro Jorge a manifestar la gran piedad que tenía con los pobres y cómo los atendía. Lo demuestra muy bien el cómo obraba en su pueblo de la Calzada, siendo pastor y, después, en Ciudad Real, siendo labrador. Esta cualidad la conservó durante toda su vida. En su etapa de Religioso así la profesó para ayudar a los más necesitados. Le fiaron la portería del Convento y vivía muy gustoso, distribuyendo limosnas sin temer que les faltaría a sus hermanos –daba muchas veces cuanto había en la caja, por lo que era reprendido por el Prelado y los Religiosos lo murmuraban, pues no les parecía la caridad una acción buena ni concertada. Fue necesario quitarlo de la puerta y no fiarle las llaves, así como mandarle que no diese nada si no es lo que fuera establecido. Con estas advertencias lo volvieron a la portería.

Su ánimo se inquietaba, viendo a los pobres mendigos que necesitaban un sustento y llevado por la caridad pensaba cómo actuar con el fin de no faltar a la obediencia, según su entender, y pudiese socorrer a los pobres. Así que dejó la puerta abierta de las oficinas, permitiendo entrar a los pobres para que tomasen lo que fuera menester, según sus necesidades, pues con esto decía que él no se lo daba sino que ellos se lo tomaban. Hacía lo mismo que San Junípero, compañero de nuestro Padre San Francisco, que mandándole por obediencia no diese el hábito muchos días volvía medio desnudo y les decía a los pobres que se lo quitasen para, a su parecer, no faltar a la obediencia. Acciones son ambas bien semejantes, como lo eran en la simplicidad, nuestro Jorge, y el Santo Junípero y su sencillez, que por aquel camino juzgaba lo podían excusar de la culpa.

El fin de Jorge era el tener mucho para dárselo a los pobres y no reparaba, cuando guisaba siendo cocinero, en que hubiese mucha cantidad para que sobrase y algunas veces el Padre Guardián le llamaba y mortificaba diciéndole: Es posible Fr. Jorge, que tengáis tan poco cuidado, que enviéis a la Comunidad la comida, que no la pueden comer los perros, y otras veces le decía: Echadlo ahí, pues tan mal lo guisasteis y coméoslo vos. Sufría con mucha paciencia todas estas mortificaciones y procuraba enmendarse, pero la misma causa –los pobres- le hacía caer otras veces más en semejantes descuidos.

Algunos años después, estando ya cercano a la muerte, vivía en el convento de Priego, le habían encargado la cocina y su ayudante era el Siervo de Dios Fr. Sebastián de Santa María (de quien más adelante diremos algo, cuando tratemos de la muerte de Jorge) y un día, de los primeros de Adviento, guisó una olla de membrillos para potaje de la Comunidad y quiso llenarla tanto que, como los recados de aceite y especias no fueron bastante para sazonarla, estaban los membrillos tan ásperos y sin gusto que no pudieron los Religiosos comerlos, por lo que el Padre Guardián, compadecido, mandó traer otra cosa al Refectorio para suplir la falta, pero Jorge quiso pagar su descuido comiéndose los membrillos durante el tiempo que durasen. Guardó la olla y le dijo a su compañero que en penitencia de lo mal que lo había hecho no habían de comer otra cosa en el Adviento y así lo hicieron porque cada día sacaban un poco. Les duró todo el Adviento.

Atendía al consuelo de los Religiosos, no sólo cuando estaban enfermos, sino siempre que los veía con alguna afección y Dios le daba gracia particular por esto. Viviendo en el convento padeció un Religioso que se llamaba Fr. Antonio de Porto –que fue novicio con nuestro Jorge y después un Varón muy ejemplar de gran retiro y oración- una intolerable hambre, tentación que ordinariamente fatiga a los que comienzan con la abstinencia y religión. Se lo declaró un día al Siervo de Dios y le pidió algún pedazo de pan para satisfacer su necesidad. Jorge lo consoló y le ofreció socorrerlo llevándole muchos pedazos de pan y, poniéndoselos sobre la tarima, se los dejó en la celda, entró en ella Fr. Antonio y afirmaba después que sólo con ver el pan, sin comer bocado, quedó satisfecho que no sintió en muchos días la fatiga. Después, en otra ocasión, le volvió a molestar en tanto grado que los frailes juzgaban que estaba enfermo pero Jorge, que sabía el achaque, les dijo que se lo dejara que él lo curaría. Le llevó de comer sin que nadie lo viera y quedó bueno, sin que jamás el enemigo le molestase –efectos, sin duda, de la mucha caridad del Siervo de Dios que cuidando tanto de los pobres extraños no es mucho que Dios le ayudase para consolar también a los de su casa.

Habiendo vivido, algún tiempo, en el Convento de Aldea del Palo, con la aceptación que hemos visto y el amor que todos le tenían venerándole por un Varón muy virtuoso, quiso nuestro Señor que su modo de proceder y el ejercicio de sus virtudes se extendiese por toda la Provincia, para que su ejemplo lo aprovechasen muchos y también porque dentro de pocos años se había de hacer la división de la Provincia en dos –que hoy se conocen como San Joseph en Castilla la Nueva y San Pablo en Castilla la Vieja- y fuera muy conveniente que el Siervo de Dios pasase a Castilla la Nueva y morase en ella para que estas dos santas Provincias le tuviesen por hijo suyo –la una por haber tomado el hábito y profesado en ella y la otra por haber merecido sus reliquias, habiendo el Siervo de Dios muerto en ella- y así no sólo pertenece este Siervo de Dios a las dos Provincias por la razón general, por la cual las Crónicas lo nombran como tal sino también por la especial que he referido.

La obediencia le mandó se fuese a vivir a Alcalá, en donde estuvo muy poco tiempo, según se conoce en lo poco que hay. Obró en aquella Villa como en todos los lugares y luego le mandaron a parar al Convento de Consuegra. Durante este tiempo fue prosiguiendo en los actos de humildad, de que tanta profesión hizo, teniendo siempre delante de los ojos el desprecio de sí mismo y le sucedió el caso siguiente.

Iba un día con otro compañero y ambos llevaban el jumento, que tenían en la huerta, para que el albéitar [veterinario], que vivía lejos del Convento, le curase. Era forzoso atravesar casi todo el lugar por una calle muy pública y frecuentada de gente y reconoció el Siervo de Dios que su compañero tenía alguna vergüenza de pasar por tanta publicidad con el jumento, y quiso, aunque a mucha cosa suya, enseñarle a despreciar la vanidad del mundo, le quitó la albarda al jumento y le dijo a su compañero que se la pusiera sobre sus costillas y la cinchara muy bien. Lo hizo así, con no poca mortificación, y Jorge cogió el jumento y fue caminando por toda la calle. De la gente que lo veía, unos se reían y otros se edificaban conociendo que lo hacía por humildad y mortificación y su compañero la tuvo doblada, pues no sólo sentía lo primero sino el ver a Jorge con tal desprecio, pero abriéndole tanto los ojos del conocimiento, que antes de llegar a la cada de albéitar, ya quisiera ser él el que llevase la albarda, y desde entonces se dio, muy de veras, a los ejercicios humildes, olvidando del todo las vanidades y respetos presuntuosos del mundo.

Lo de desear ser tenido por jumento era su mayor y más continuo cuidado: siendo hortelano hacía que le ciñesen los Religiosos la albarda del jumento y pusiesen el serón para llevar la basura con la que estercolar la huerta. Para hacer de jumento pedía que le pusiesen una mordaza en la boca y de esta manera caminaba a cuatro pies haciendo muchos viajes –para muchos, el consentir al Siervo de Dios semejantes mortificaciones les parecía imprudente, pues verdaderamente era permitirle cosas fuera del orden natural. El espíritu de Jorge fue tal que toda su ansia era deshacerse y no parecer nada en los ojos de los hombres y de esto sacaba colmados méritos y así le dejaban seguir aquel camino, el cual sin gran escrúpulo no se le pudiera divertir.

En una ocasión le dieron de limosna dos costales de paja en la Villa de Consuegra, viviendo en el Convento de San Pedro de la Vega, y el Siervo de Dios los ligó juntos y, echándoselos sobre el cuello y a las espaldas, los llevó al Convento, admirándolo cuantos lo veían. Lo propio hacía cuando llevaba la limosna de pan y otras cosas, aunque la carga fuese grande, no queriendo aceptar la oferta, que algunos devotos le hacían, de darle una cabalgadura para llevársela, diciéndole que cómo iba de aquella manera, a lo que respondía: Esto me conviene, porque soy el jumento de la Orden. Llegaba fatigado al Convento y tal vez le reprendían los frailes y le impedían hiciese semejante trabajo y lo sentía mucho, repitiendo siempre: Hermano, yo soy el jumento de la Religión, y a esto he venido a trabajar en ella como tal, y así es menester que el asno de mi cuerpo lo tenga por sabido. Semejantes a estas acciones eran las del Beato Pascual Bailón, de la misma Religión, de quien se escribe en su vida que pidiendo limosna de aceite llevó unos cántaros y echándose unas aguaderas sobre los hombros los llevó al Convento sirviendo de jumento y reprendiéndoselo los Religiosos, respondió con increíble humildad, gracia y alegría: ¡Qué mayor jumento que yo podía hallar para traerlo!

Fuente: “Vida del penitente y venerable Siervo de Dios Fray Jorge de la Calzada”, de Cristóbal Ruiz Franco de Pedrosa.

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