Carta de los diputados a Cortes, por la provincia de Ciudad Real, a Narváez

Ramón María Narváez, en un retrato pintado por Vicente López y Portaña
Ramón María Narváez, en un retrato pintado por Vicente López y Portaña

Los señores diputados a Cortes, por la provincia de Ciudad Real, han dirigido al Excmo. Sr. General en jefe del ejército de Reserva, con motivo de la destrucción de la facción de Orejita, la siguiente carta.

“Los diputados que suscribimos, únicos que de la representación por la provincia de Ciudad Real residimos en esta Cortes, hemos recibido con sin igual satisfacción la plausible noticia de la completa derrota y destrucción del rebelde Orejita, verificada por las tropas que al digno mando de V. E. operan en esa provincia. La correspondencia que recibimos de distintos pueblos de la misma, al paso que celebran un triunfo tan señalado, elogian cual merece la conducta de V. E., su celo distinguido y su constante afán por restituir a esos desgraciados habitantes la tranquilidad de que se han visto privados por tan largo tiempo. Las disposiciones adoptadas para conseguir objeto tan apetecido, presagian resultados prósperos para la causa nacional, y muy especialmente para la desgraciada mancha, que mirará en V. E. su libertador.

Si en otra época, no muy distante, clamamos desde la tribuna parlamentaria y excitamos al gobierno sobre la necesidad incuestionable de prontos y eficaces auxilios para esa provincia; si entonces creímos cumplir uno de los deberes más sagrados de nuestra misión honrosa, ahora, señor general, faltaríamos a los mismos si no aprovechásemos esta ocasión para dirigirnos a V. E. felicitándole por el notable hecho de armas que tuvo lugar en los campos de la Calzada de Calatrava; por las acertadas medidas que tiene adoptadas con el fin plausible de poner término a los males que sufren con el fin plausible de poner término a los males que sufren los pueblos; y últimamente, por los grandes deseos que ha manifestado V. E. de realizar todo aquello que conduzca a terminar la guerra civil. Dígnese V. E. admitir esta sincera demostración de gratitud que los diputados por Ciudad Real por sí, y aún a nombre de toda la provincia, se atreven a dirigirle, y comunicarla con la más sincera emoción a los valientes que acaudilla. Tenemos el honor de ofrecer a V. E. los respectos de nuestra más alta consideración.”

Madrid, 4 de julio de 1838.- Juan Antonio Hidalgo.- Juan Gerónimo Ceballos.- Manuel Monedero.

Fuente: El Correo Nacional, 25 de julio de 1838.

Un pensamiento sobre “Carta de los diputados a Cortes, por la provincia de Ciudad Real, a Narváez

  1. Las guerras Carlistas
    CIUDAD REAL DEL SIGLO XIX

    CIUDAD REAL Y LAS GUERRAS CARLISTAS

    Aunque parece el carlismo fenómeno esencialmente ligado a regiones de fuerte componente foral o nacionalista, tales como Cataluña, el País Vasco, Navarra o Galicia, la región manchega fue escenario de una versión de la insurrección carlista, que se manifestó en todos los momentos en que, a lo largo del siglo, la «causa» levantara su banderas en España. Dentro de la región manchega, la provincia de Ciudad Real fue uno de sus escenarios más agitados, donde muchos de los guerrilleros que habían combatido contra la invasión francesa volvieron a las armas en apoyo de don Carlos, fuertemente respaldados y aun alentados por el clero, en defensa de un modelo de sociedad que parecía amenazada en sus fundamentos por los principios del régimen liberal tras la muerte de Fernando VII. A este factor religioso y, sobre todo, clerical del carlismo manchego, hay que añadirle, para su comprensión, la defensa de las tradicionales formas de propiedad, tanto de la eclesiástica como de la comunal, objetivo ambas de las medidas desamortizadoras del Estado liberal. Sin desamortización no hubiera habido carlismo en La Mancha. Sus acentuados matices de «rebeldía primitiva», utilizando la expresión de Hobsbawn, constituyen otra de sus señas de identidad. Sus militantes son partidas de campesinos, de artesanos y de jornaleros, enardecidos por los párrocos de los pueblos, que actuaban como expertos conocedores del terreno y de la táctica de la guerrilla. «En nombre de Carlos V -escribe Antonio Pirala- levantaban partidas de 100 o 200 hombres y su primera operación era apresar a los más pudientes de un pueblo, exigirles grandes cantidades y repetir tales hazañas a su paso.» De ahí que, el propio Pirala concluyese que « la guerra de La Mancha lo era de vandalismo y surgían diariamente nuevos partidarios que, obrando por su cuenta cada uno, se oponían a toda unión que llevara consigo la subordinación a un jefe». Era el suyo el típico talante del guerrillero. Muchos de los hombres de aquella lucha habían sido los héroes populares de la Independencia: «El Locho », Isidoro Mir, «Chaleco», «Chambergo», Peco, Doroteo, «La Diosa», Revenga, Paulino, Zamarra, «El Rubio», «El Presentado», Tercero, Cipriano, Herencia, «Palillos», «Orejita», Parra, «El Arcipreste», «El Apañado», Perfecto, Sánchez, Blas Romo, «El Sastre»… Este crecido número de guerrilleros, con su individualismo, su personal sentido de la lucha, su improvisación y su indisciplina, explica los continuos tropiezos de la causa carlista en La Mancha y, en último término, su fracaso y su carácter de lucha marginal. Por eso Pirala apunta que «si hubieran tenido unión los manchegos, si hubiera salido de entre ellos un jefe como Zumalacárregui o Cabrera, la guerra habría adquirido quizás a las orillas del Tajo mayores proporciones». Por eso todo quedaba en acciones muy puntuales, seguidas de retirada a los seguros refugios de las sierras, «ese laberinto impenetrable, con mansiones subterráneas, con despejadas y naturales atalayas, donde puede acampar un batallón en el mismo terreno en que otro esté oculto con toda seguridad».

    «Divididos los habitantes en dos parcialidades, si la una se ha presentado tenaz, resuelta y cruel, la otra se ha resistido animosa, constante e impertérrita: ni las persecuciones más activas, ni las más terribles penas, ni los indultos acobardaron o redujeron a los unos: ni los continuos peligros, ni los desastres más espantosos, ni la pérdida absoluta de los bienes de fortuna entibiaron el ardor de los otros: la enseña de la muerte, de los estragos y de la desolación se ha tremolado por espacio de seis años continuos y si han existido rebeldes cuya conducta atroz y sanguinaria les han grangeado con sobrado fundamento el nombre de verdaderos tigres, también han sido muy frecuentes los ejemplos de lealtad y de heroísmo.»

    Diego Medrano y Treviño: Consideraciones sobre el estado económico, moral y político de la provincia de Ciudad Real, pág. 184.

    El año 1834 fue el de mayor actividad de -Uno de los famosos guerrilleros de la Independencia, Manuel Adame, «El Locho», un ciudarrealeño que se había distinguido en la lucha contra los franceses y durante el trienio liberal en la defensa del absolutismo real. En 1833 había levantado una partida para defender los derechos de don Carlos, conociéndose sus acciones por la crueldad, «dando rienda suelta -escribe Pirala- a sus brutales instintos, retratados en su feroz carácter y en su tosca y grosera fisonomía».

    Otro de los guerrilleros que tuvieron a Ciudad Real entre sus objetivos fue don Isidoro Mir, en cuya partida durante la guerra de la Independencia había estado «El Locho». Por su condición social y su manera de actuar no se le podía comparar con otros guerrilleros que más tenían de bandidos o merodeadores que de soldados de una causa. Antonio Pirala lo destaca como una excepción, junto «a los hermanos Bermúdez, personas de carrera que defendían la causa carlista por convicción». La partida de Mir llegó a penetrar en Ciudad Real a comienzos de 1835. Volvió a entrar el día 15 de agosto, aunque fue rechazado por la Milicia Urbana. En ese mismo año y en el curso de un encuentro con el ejército regular en Fuente el Fresno cayó muerto. Esta acción también se la conoce como la del Cambrón, en la zona próxima al arroyo del mismo nombre entre Malagón y Fuente el Fresno. Su cadáver fue trasladado a Ciudad Real, donde fue colgado en la reja de una ventana y allí, con un cigarro puro en la boca, expuesto a toda clase de ultrajes antes de ser sepultado. Según testimonios de la época, Isidoro Mir traía instrucciones del pretendiente carlista para organizar « la facción manchega».

    Los asedios carlistas a la ciudad

    En 1835 creció la actividad de las partidas. Como recoge Blázquez Delgado Aguilera, «Orejita, el Lechero, Peco, Romo, Perfecto, Cipriano, el Ventero y Palillos fueron durante todo el año 1835 incesantes exploradores de La Mancha, que con frecuencia cruzaban sin otro resultado que el de interrumpir las comunicaciones y arruinar el tráfico». Aún creció más la insurrección en tierras manchegas durante los dos siguientes años, aunque continuara siendo, con alguna excepción, como apunta Pirala «una guerra de vandalismo». El 11 de septiembre varias partidas carlistas llegaron a bloquear Ciudad Real durante varios días. En un testimonio muy poco conocido y menos utilizado como es el Diario de un médico de don Máximo García López, publicado en Madrid en 1847, se relatan numerosos episodios de la dura lucha desarrollada en lugares próximos a Ciudad Real y aun en la misma capital. En septiembre de 1837, «salió una partida de 80 granaderos a caballo de Ciudad Real, al mando de un jefe joven e inexperto, en persecución de la facción, y en Peralvillo, atacados brusca y repentinamente por los insurgentes, fueron acuchillados y muertos casi todos, escapando por la velocidad del caballo el jefe referido y 3 o 4 soldados; los restantes quedaron tendidos en el campo». También recuerda la acción llevada a cabo en el Cristo del Espíritu Santo, «donde hay una hermosa ermita consagrada a esta imagen; verá usted todavía diseminados por diferentes parajes huesos humanos insepultos, que confundidos con los de los animales yacen sobre tierra, recordando al viajero e historiador los horrores de una lucha tan sangrienta».

    Pendientes con el anagrama C7 (Carlos séptimo)
    Pendientes con el anagrama C7 (Carlos séptimo) procedentes de la tercera guerra carlista (1869-1875), propiedad de una familia de Ciudad Real.

    Los dos hermanos Francisco y Vicente Rugero, de Almagro, conocidos por el mote de guerra de «Palillos», tuvieron también numerosas acciones cuyo objetivo era Ciudad Real. El diario del citado médico recuerda: «Penetre usted en Ciudad Real y allí le dirán la sorpresa que hicieron los “Palillos” cuando cogieron el cañón el día 28 de mayo del año de 1838 costando su defensa y la de la ciudad la vida a varios nacionales y soldados que murieron como valientes. Sin salir de sus muros interrogue usted a sus habitantes sobre los infinitos fusilamientos allí ejecutados por la inhumana ley de las represalias y ellos le dirán que a las inmediaciones de la puerta de Granada que el vulgo denomina de los Mártires, han sido sacrificadas innumerables personas, entre las cuales merecen particular mención dos facciosos jóvenes hermanos escondidos en casa de sus padres que fueron pasados por las armas y éstos sentenciados a presenciar la horrorosa y sentimental ejecución de sus hijos.»

    Uno de los episodios más sangrientos de esta guerra, en las proximidades de Ciudad Real, tuvo lugar en Calzada de Calatrava, el 25 de febrero de 1838, cuando la partida del guerrillero don Basilio incendió su iglesia parroquial, donde se habían refugiado alrededor de 400 personas, con presencia de numerosas mujeres y niños, que «se defendieron heroicamente muriendo como nuevos numantinos, siendo presa de las llamas todo ese crecido número de españoles de uno y otro sexo, dignos de mejor suerte y eterna alabanza».

    En el último año de la guerra, Ciudad Real tuvo que hacer frente a operaciones de estas partidas, las de «Palillos» y «Orejita» que eran las más numerosas, llegando en algunos momentos a contar con cerca de 300 hombres, mientras que lo normal es que cada partida no sobrepasase el medio centenar. En estas fechas, la partida de «Palillos» contaba con 180 infantes y 300 caballos. En la noche del 27 de mayo se prepararon para asaltar las murallas de Ciudad Real. Tanto los individuos de la milicia local como los paisanos se prepararon para la defensa al tiempo que se le pedía ayuda al general Narváez que estaba en Jaén. La lucha se inició al amanecer del día 28 y se centró en la defensa de la puerta de Santa María, donde cayeron varios de los defensores, que con su resistencia consiguieron detener el intento carlista. Confiando en el positivo resultado de esa acción, el comandante de Ciudad Real decidió la persecución de los efectivos de «Palillos», que se retiraban en dirección a Miguelturra. Sin embargo, la acción se volvió contra ellos. Eran alrededor de 80 hombres con un cañón, de los dos con que contaba la defensa de la ciudad. «Llegó el cañón hasta la mitad del camino de Miguelturra -narra Pirala- rodeado de tan heterogéneo refuerzo y al primer disparo hecho sobre los carlistas sucedió lo que era fácil de haber previsto. Aguerrida y audaz la caballería de Palillos, dio una vigorosa carga a las fuerzas contrarias y aquella escolta, falta de unidad, sin jefes propios y aturdidos con tan impetuoso e inesperado ataque, cedió un momento al espanto y fue perdida. En vano el desgraciado y bizarro teniente de Castilla Lahera quiso infundir su valor a los fugitivos; empezó la fuga y allí encontraron una honrosa muerte no sólo aquel valiente patriota, sino muchos que, decididos a vender caras sus vidas, hicieron frente al enemigo. Muchos fueron acuchillados en el acto y otros, entre los que se encontraba el valiente joven don Antonio Pablo, hijo de un comerciante de la ciudad, fueron fusilados incontinenti, aunque pidió Puebla su rescate a peso de plata.» Este fracaso abatió mucho el espíritu de defensa de la ciudad, al tiempo que enardecía a los carlistas de la región.

    Por lo menos hasta que en el mes de junio llegaran los refuerzos pedidos y el propio Narváez visitase la ciudad el 1 de septiembre, alojándose en el antiguo convento de la Merced, ya desamortizado, donde se le ofreció un baile y una recepción pública. No faltó la correspondiente muestra de represión, fusilándose a varios prisioneros carlistas junto a la puerta de Granada. En esta dura lucha eran frecuentes, como hemos indicado, las represalias sobre las familias de los contendientes. Así ocurrió con la madre de los guerrilleros «Palillos». El médico Máximo García escribe: «El 11 de octubre del año 1839, en ese mismo sitio -se refiere a las inmediaciones de la puerta de Granada- fue fusilada la inocente y anciana madre de “Palillos”, a la edad de ochenta y un años, siendo tan heroica y edificante su apostura en el momento de ser fusilada que conmovió fuertemente a los espectadores y las últimas palabras que salieron de sus labios fueron para pedir al Redentor por sus verdugos.» Parece ser, según el testimonio de este médico, que también el cabecilla «Orejita», asesinado por su propio criado o ayudante, estuvo expuesto en Ciudad Real, como dos años antes lo estuviera el cadáver de Mir. En otras fuentes se dice que «Orejita» murió en octubre de 1838 en el curso de una acción cerca de Mestanza. Cuando su cadáver era trasladado a Ciudad Real, hubo un intento fallido de secuestrarlo en el trayecto entre Almagro y Miguelturra.

    La nueva insurrección del carlismo manchego

    Caída la monarquía de Isabel 11, el carlismo volvió a reavivarse en La Mancha también con su doble componente de lucha religiosa y de bandolerismo. Brotes carlistas se produjeron en toda la provincia desde el mes de enero de 1869. Los hubo en Miguelturra los días 15 y 16 de ese mes; poco después los hubo en La Cañada y en Carrión de Calatrava.

    Pero sería en el verano cuando la insurrección carlista creciese. A mediados de julio hubo violentos incidentes en los baños de Fuensanta, con enfrentamiento de partidas carlistas y unidades de la Guardia Civil. En la noche del 23 al 24, el brigadier Vicente Sabariegos, a quien don Carlos le había confiado el mando militar de La Mancha, junto con el coronel Joaquín Tercero, se sublevaron en las afueras de Ciudad Real, con un centenar de hombres algunos de los cuales eran veteranos de la primera guerra. Don Vicente Sabariegos Sánchez había nacido en Piedrabuena y estaba casado con la única hija del conocido guerrillero Manuel Adame, « Locho», con el cual se había iniciado en las acciones de la guerrilla en la primera insurrección carlista. En 1858 Carlos VI le había ascendido a brigadier y diez años más tarde Carlos VII le haría mariscal de campo, concediéndole el mando de las tropas leales que actuaban en las provincias de Ciudad Real, Toledo, Badajoz y Cáceres.

    La primera acción de Sabariegos se dirigió hacia Picón, donde sus hombres apresaron a los seis números de la guarnición de la Guardia Civil. Desde allí se dirigieron a Piedrabuena. Pero tras dos semanas de lucha, de muy desigual resultado, la partida de Sabariegos fue disuelta y él mismo tuvo que huir a Portugal. Idéntico fracaso tuvieron las partidas que se levantaron en Moral, Puertollano, Daimiel o Fuente el Fresno. Pero tras los dos años de la monarquía de Amadeo Saboya, la proclamación de la primera República dio nuevos bríos al carlismo. El propio Sabariegos, regresado de Portugal, se incorporó de nuevo a la lucha, aunque por poco tiempo, pues tras algunas acciones, resultó herido en Retamosa, muriendo a los pocos días, al llegar a Deleitosa.

    Estandarte bordado por un combatiente carlista en 1874
    Estandarte bordado por un combatiente carlista en 1874, Cirilo Grande y Vera, perteneciente a la partida de «el cura de Alcabón».

    Después de Sabariegos, quizá el caudillo más activo de la región fuera don Lucio Dueñas, «el cura de Alcabón». Una de sus acciones, en las que tuvo numerosas pérdidas, se dio en Torrecilla, a 6 kilómetros de Ciudad Real.

    En un análisis sociológico del carlismo manchego, basado en uno de los procesos incoados a guerrilleros carlistas, el profesor Juan Bautista Vilar hace hincapié en el número de jornaleros y de menestrales que nutrían sus filas, en la ocasión que para esos grupos significó «enarbolar la bandera de la justicia social», para afirmar los principales objetivos de aquel movimiento de base fundamentalmente rural: «Su triunfo se hizo inseparable del barrimiento de los acaparadores en las ciudades, de la erradicación absentista en el campo, de la devolución del patrimonio comunal a los ayuntamientos y del restablecimiento del poder económico de la Iglesia.»

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